EL ADIÓS

Gatsby parecía ocultarme asuntos de los que yo debía estar enterado, y eso me molestaba. En un solo mes cambió de coche tres veces. Lo hizo para aportar dinero a la empresa, ya que esos cambios fueron beneficiosos desde un punto de vista económico. Cada coche que vendía era moneda de cambio de otro coche más dinero liquido. Si eras habilidoso y conocías el mercado de coches podías conseguir beneficios de esos trueques.

En aquel tiempo sucedió algo que me hizo pensar. Otra persona no le habría dado importancia. No era ese mi caso.

Íbamos en su coche. Él conducía. Aparcó en doble fila, ya que debíamos recoger algo y marcharnos rápidamente. No calculó bien y chocó con el coche de delante. El coche de Gatsby no estaba asegurado, así que tuvo que arreglar el asunto de manera extraoficial.

Yo estaba muy sorprendido. El hecho de que Gatsby no calculara correctamente y chocara con otro coche era una situación muy atípica. Tan extraña resultaba que solo bajo esa luz puede comprenderse por qué Gatsby nunca aseguró ningún vehículo que usó o poseyó. Nunca tuvo problemas en ese sentido, ya que toda posible eventualidad se solventaba con sus especiales capacidades. Sin embargo, ahora le habían fallado, y yo no entendía qué le estaba sucediendo.

El asunto de los coches y sus beneficios me dio la excusa perfecta para interesarme por el estado contable de la empresa. Aquella mañana nos vimos, pero tuvimos que posponer nuestra reunión. Le advertí que volveríamos a tratar el tema al día siguiente. Llegado ese día apenas sacó los documentos que necesitaba. Eso representaba un problema. Estaba claro que íbamos a tener una discusión cuando:

—No tengo que dar explicaciones a nadie —me espetó—. Ese dinero me ha sido otorgado por el mundo espiritual, por poderes muy elevados.

La cabeza me daba vueltas. Recordé entonces los pensamientos que había tenido respecto de la herencia de mi madre. No los había comentado con nadie. Me repuse.

—Pero, ¿qué estás diciendo? —le miré con cara de desprecio.

—Yo estoy por encima del Bien y del Mal —concluye.

—Pues te pesará estar por encima de mí —dije para mis adentros con rabia.

Me marché. No quise escuchar nada más. No podía creerme nada de lo que me acababa de suceder. Nuestra añeja y profunda amistad se había convertido en reciente y correosa enemistad. El dolor me era insoportable.

«Gatsby se ha vuelto loco. ¿Cómo ha podido hablarme así?» —pensaba—. «Ya no puedo ni quiero seguir con él. Pero todavía mi participación en la empresa es vital en estos momentos. No me deja más opción que marcharme. Eso repercutirá en la empresa, inevitablemente».

Mi orgullo hervía por dentro. Me marché de la empresa para siempre. El dolor que sentía era inmenso. Me sentí traicionado y yo también lo traicioné. Con ello senté las bases de una separación definitiva. La empresa apenas siguió con vida unos meses más, tras los cuales ya nunca quise saber nada más, del que en su día fue mi amigo Gatsby.