—¿Dónde está Jimmy? Quiero hablar con él —le dije pasados unos días. En ese último año no había vuelto a saber nada de él.

—Eso ya no es posible —me dijo—. Jimmy y yo somos una misma cosa. Dime a mí lo que quieras decirle.

Entendí que ya había madurado completamente, y era el dueño pleno de su destino. Nadie podía hacer uso de él sin su permiso. Recordé que quiso eso una vez, antes de tiempo, y fue objeto de un correctivo. En aquella época aún éramos amigos. Ahora esa amistad parecía estar terminándose.

A partir de entonces creció en mí una desconfianza y negatividad que ya no me abandonó en años. No podía menos que rememorar los sacrificios hechos durante todo ese tiempo pasado y me sentía cansado y resentido.

—Estás muy gastado. Tus neuronas… Tienes la cabeza de un viejo —me dijo un día.

También yo lo sentía así. A mis treinta años, la presión había dejado su huella en mí, como me imagino que también lo había hecho en él, a su manera.

EL DISTANCIAMIENTO

A medida que pasaba el tiempo nuestra relación se volvía menos amistosa y más profesional. Lo único que parecía unirnos era la empresa que teníamos en común.

Gatsby era muy bueno dirigiendo el personal de la empresa. Los empleados estaban contentos a pesar de que el trabajo podía llegar a ser duro. En aquella época me llegó a comentar el miedo que Demian inspiraba en sus empleados aun sin conocer quién era verdaderamente. Gatsby tenía una gran ventaja con respecto a Demian desde un punto de vista de excelencia empresarial. Era por ello que le llamaba la atención.

Ya no nos comunicábamos como antes. Casi nada sabía por él. Me limitaba a percibir los mismos cambios que los demás apreciaban. Algunos de ellos eran tan notables que me parecía increíble que el círculo de gente que estaba a su alrededor no hablara abiertamente de ello. Los más llamativos eran aquellos relacionados con el pelo. Había días que me sorprendía verle la cabeza ampliamente cubierta de canas. Al día siguiente el pelo blanco se reducía hasta llegar a tener, en días sucesivos, las escasas canas que habitualmente lucía. Sorprendía más aún advertir cómo el pelo podía crecerle en una sola noche. He llegado a verle con muy poco pelo en la parte superior de la cabeza. "¡Se va a quedar calvo!", me decía. Y, justo al día siguiente, verle con una mata de pelo cubriendo completamente esas calvas nacientes.

Esos «arreglos» eran cuestiones que tenían que ver con la imagen de Gatsby. Yo los entendía perfectamente. Lo que me preocupaba era aquello que los provocaba. Parecía estar sometido a mucha tensión, pero apenas nada llegué a averiguar.

Gatsby no se quejaba nunca, aunque aquel día me hizo un comentario, quizás porque yo también había observado algo. Con respecto a su bebé mantenía una determinada distancia, y Gatsby lo observaba con detenimiento antes de acercarse aún más.

—Demian se ha llegado a meter en el bebé y se ha abalanzado hacia mí —me dijo con resignación señalándose unos pequeños rasguños en la cara.

Lo cierto es que alrededor de Gatsby siempre tenían lugar muchos sucesos llamativos.

Fui a su casa. Teníamos que vernos. Puso un poco de música.

—No puedo ni acercarme a este equipo de música. Continuamente salen mensajes de salutación en la pantallita del display. «Hola, ¿cómo estás?», y cosas así. Cuando está mi mujer, ni me acerco por esta zona de la casa.

—¿Y quién puede ser? —le pregunté.

—No tengo ni idea —lo dijo con desgana, como si no le importara lo más mínimo.

Gatsby parecía desprender una luz especial. Así, imaginaba que debía brillar en la oscuridad espiritual, y que muchos difuntos querrían contactar con él. Alguna vez hablamos de la gran cantidad de difuntos que permanecían desorientados y apegados a un plano material.