LAS TARIFAS

El negocio estaba en sus inicios. Al principio los servicios que ofrecíamos se solventaban con tarifas sencillas. Todo marchaba bien. Al poco tiempo Gatsby decidió ampliar la gama de servicios de manera considerable. Aquel día me habló de la necesidad de hacerlo. Fui a verle al día siguiente, por la mañana, ya que aún quedaban puntos por definir, por concretar. Me mostró un cuadro de tarifas muy original, un poco complejo a simple vista, pero también flexible y adaptable a las necesidades de los clientes. Aquellas nuevas tarifas nos consiguieron, por sí mismas, varios clientes importantes.

—¿Cuándo has hecho esto? —le pregunté.

—Me he levantado con este cuadro en la mente. Tuve que escribirlo para saber de qué se trataba —me dijo encogiéndose de hombros, como si en ese proceso de creación él no hubiera intervenido en absoluto.

Todo esto me era conocido y me volvía a hablar de lo que por su intermedio podía trasladarse al mundo sensible desde el mundo del espíritu: verdaderas ideas que, llenas de vida, terminarían arraigando en este mundo por mediación de él.

EL DESENCUENTRO

Íbamos en su coche. Nos acompañaban otras personas. Hablábamos de la empresa. Gatsby comenzó a decir que nuestra empresa pronto daría un salto cualitativo en su negocio, ya que se asociaría con la empresa de mi padre. En un futuro próximo llevaríamos la distribución de sus productos. Lo miré detenidamente. Comprendí que aquello era posible y que nuestra empresa la había ideado con esa finalidad. Todo me empezaba a desagradar verdaderamente. Me molestaba que no lo hubiese consultado conmigo previamente, que lo dijera delante de otros. Me molestaba que lo anunciara como un hecho consumado. Y me irritaba recordar la conversación que en 1985 mantuve con Jimmy. En ese instante lo entendí todo, después de tantos años.

Se trataba de la empresa de mi padre. Siempre se había tratado de eso. Es esta la razón principal por la que yo participaba en la Causa. Puede que la realidad no correspondiera exactamente con lo que a mí mismo me decía, pero fue así como me lo tomé.

Entendí que Gatsby no era una persona que pudiera nacer de la nada, sino que necesitaba de fuertes apoyos. A través mío se podría introducir en la empresa familiar. Conocía bien la empresa de mi padre y sabía cuán fácil era eso. Pero esta vez no iba a ser así. Ya no conocía a Gatsby, ni me gustaban sus maneras. Ni tan siquiera de Jimmy guardaba buen recuerdo, incapaz de hablarme con claridad cuando había tenido ocasión. En aquel momento no dije nada, ya que no quería hablar delante de otras personas. Pero no hizo ninguna falta. Gatsby lo leyó en mi corazón. Pude notarlo.

«O salimos adelante a partir de esta empresa por nuestro propio esfuerzo, sin apoyos, o no saldremos» —me dije—. «No voy a introducir a un desconocido en mi casa y exponer a los míos a lo que estoy expuesto por propia voluntad».

Al final de la mañana un pensamiento me entristece. Gatsby se dio cuenta de ello.

—¿Qué piensas? —me dijo.

—Que deberías haber nacido en mi posición. Así no tendrías que estar a la expectativa de recibir apoyos ajenos.

—Hubiera sido igual —dijo—, soy una persona muy conflictiva.

Lo miré. No entendía muy bien lo que quería decir exactamente.

—Yo salvaré a la empresa de tu familia de la ruina. Es una suerte para ellos el que me hayas conocido.

No me gustaba nada lo que estaba oyendo. Trataba de comprender. La empresa de mi padre tenía sus debilidades, pero era una de las empresas más fuertes dentro de su sector y de su zona. A diferencias de otras, poseía, en relación al pasivo, un gran patrimonio propio que la avalaba contra cualquier eventualidad. No conseguía comprender lo que me quería decir. No confío del todo en Gatsby, pero tampoco en Jimmy. Aun así, hice un esfuerzo por aclarar la situación.