EL COCHE

Gatsby tuvo que vender su coche para poder sobrevivir el tiempo que estuvo sin trabajo. Me pidió dinero a cuenta de su futura participación en la empresa para un coche de segunda mano que se estropeó poco tiempo después. Yo mismo lo llevé al taller para averiguar la causa del problema. Me dijeron que el motor del coche había reventado. Solo era posible arreglarlo a un costo muy elevado. No merecía la pena. Esto no me gustaba nada. Estaba cansado de ese tipo de cosas que siempre rodeaban a Gatsby.

—Algo va a pasar —me decía—, y presiento que no me va a agradar.

Cualquier insinuación que pusiera en duda un estricto control de los gastos no entraba dentro de mis planes y supondría para mí una prueba de choque. Hablamos sobre ello. Gatsby me dijo que necesitaba un coche nuevo. Uno de segunda mano no lo acababa soportando a él por mucho tiempo. Era cierto, Gatsby parecía llevar a su mismísimo límite todo lo que se le acercaba de cualquier manera, especialmente la mecánica de los coches. Argumentó que teníamos dinero para eso y para crear la empresa. El coche estaría a nombre de esta última. Insistía.

Nada de lo que estaba oyendo me gustaba. Estallé. Estaba harto de esas historias tan poco prácticas. Intuía que algo nuevo estaba pasando, pero ya no quería saberlo. En el fondo estaba rechazando aquello que Gatsby era, algo que venía con él, que era tan poco razonable y, a la vez, tan propiamente vital suyo. Era la segunda vez que me enfrentaba a lo que él era. Me escuchó asombrado, mirándome como si algo nuevo estuviera viendo en mí. Nos despedimos.

Pude, tiempo después, recapacitar. Algo le estaba sucediendo. El coche se había vuelto una necesidad para él, y yo no quería entender el motivo. Estaba empezando a ver a mi amigo como un gigante que al apoyarse destroza su soporte, y a su personalidad como una carga para cualquier empresa que quisiera comenzar. Y aquí todavía no había aparecido Jimmy. Ahora tan solo era él.

Casi inmediatamente después de esta pequeña reflexión hablé con él por teléfono. Lo encontré muy cambiado. Su actitud hacia mí se había vuelto más dura, y me habló en unos términos que presuponían que toda nuestra relación de trabajo había terminado. Por primera vez hallé en mi amigo una inestabilidad que, para mí, resultaba totalmente nueva. Comprendí que todo lo vivido le había acabado pasando factura.

Pensé que había sido el contacto con Demian el que había modelado su nuevo carácter. Parecía que Gatsby estuviera recubierto por una inexpugnable coraza, y sin embargo, inestable como si el mantenimiento de la misma pesara más allá de lo soportable. Aparte de eso, no había ningún signo de debilidad en él, ninguna fisura. Estaba seguro de que Gatsby había mantenido intensas luchas en un plano espiritual.

Veía en Gatsby a alguien con unas fuerzas interiores muy desarrolladas, preparadas para dirigir organizaciones complejas con todas sus individualidades. Y que esas fuerzas, como agua estancada al no poder desplazarse, se estaban volviendo insalubres. Se estaban depositando en él como si fueran una carga, un cáncer. Entendí que ese era el plan de Demian, ahogar a Gatsby en esas aguas, y que lo estaba consiguiendo.

Vi el coche con sus ojos, como un equilibrio a la inestabilidad de mi amigo, como un aceite balsámico reconfortante. Quizás resulte difícil de entender para alguien que no haya vivido lo que los coches han significado para nosotros.

En un principio lamenté conocer la inestabilidad que Gatsby albergaba, la tomé como un problema. Pero no deseaba abandonarlo, y decidí ser yo mismo el que eligiera el coche que le iba a aportar tranquilidad.