Justo en aquella época empecé a encontrar en él algo extraño. Gatsby estaba fuera de sitio, como si debiera estar en otra parte haciendo otras cosas. Casi podía leerle la mente. Todo en él me lo decía.

Demian le estaba ganando la partida. Gatsby no estaba alcanzando sus objetivos. En el plano personal había logrado hacer realidad una serie de cualidades que hacían de él un ser poderoso y temido por su rival, pero éste le estaba encerrando de tal manera que no encontraba campo donde aplicar esas cualidades. Demian estaba llenando de frustración la vida de Gatsby, lo estaba ahogando.

Por fin se casó. Ya empezaba a dudar que eso fuese posible algún día. Ahora deseaba que su vida se llenara de tranquilidad.

—Jimmy —me dijo— ha estado en la boda. Al lado del sacerdote.

No esperaba menos de él.

LA FINANCIACIÓN

Pasaron varios meses. No dejaba de tener en mente la idea de poner en marcha una empresa. No le conté nada a mi amigo. Yo conseguiría el dinero, como siempre lo había hecho hasta entonces. Gatsby diseñaría y dirigiría la empresa. Costaría más o menos trabajo, pero acabaría teniendo éxito. Había observado muchas empresas. Solo se trataba de aguantar. Con el tiempo Gatsby me devolvería el dinero invertido y volaría solo en su aventura creando su propio imperio empresarial. Así imaginaba el proceso.

Pero, ¿cómo conseguir una suma tan importante de dinero? ¿De dónde sacarla? Un tema no dejaba de darme vueltas en la cabeza. De alguna manera relacionaba la vida económica con la vida de los difuntos.

Una verdad admitida por todos afirma que las decisiones deben tomarse cuando la cuestión que se trata se ve con claridad. Esto es lo aconsejable. Cuando una persona ha fallecido todas sus decisiones han sido ya tomadas y forman parte del pasado. Entre ellas existe la figura del testamento, donde el fallecido dispone en vida de lo residual, de lo que, como producto de su vida, no puede llevarse consigo al mundo espiritual. En la actualidad el testamento es, fundamentalmente, una formalidad que busca asegurar que la voluntad que refleja sea la del fallecido y, en ese sentido, esa formalidad me parecía un escollo a salvar en el futuro, cuando el hombre pueda contar con otros recursos. Porque yo me preguntaba: «¿No sería más lógico que el testamento fuera elaborado después de que la persona haya fallecido y pueda, por tanto, acceder con su mirada a mundos más amplios que aporten esa claridad que tan bienvenida es para que una decisión de esa naturaleza sea tomada?». Este era un punto de vista que sólo tomaba en cuenta la libre voluntad del difunto y obviaba todo lo demás. Al trasladar esa cuestión general a mi caso particular, aquella pregunta se convertía en otra más concreta: «¿Quién sería el beneficiario del testamento de mi madre y otros que, como ella, veían desde el mundo espiritual la importancia de las necesidades de esta Causa?»

Mi madre había dejado en herencia un inmueble que se estaba deteriorando por falta de uso y unos títulos de la empresa familiar. Yo consideraba aquel inmueble como la legítima propiedad de mi madre, ya que la empresa había sido fruto del trabajo de mi padre y solo por una cuestión fiscal había llegado a ser propiedad de ella. Tras su muerte el inmueble pasó a manos de mi padre y los títulos a nombre de los hijos.

¿Quién habría heredado ese inmueble si mi madre hubiese tenido la posibilidad de elaborar el testamento después de fallecida? Nunca pude contestar a esa pregunta por mí mismo, y llegué a la conclusión de que en el presente, aunque se conocieran los deseos del difunto, solo en algún caso, y de una manera un poco forzada e indirecta, se podría llevar a cabo su voluntad. Por otra parte, no encontraba la manera de conseguir dinero para financiar nuestra empresa.