Por la manera en la que me relataba sus experiencias me di cuenta de que Gatsby se había convertido en una especie de tiburón. Aprovechaba cualquier oportunidad de progresar que se le presentaba en cualquier ámbito, como si se tratara de una escalada donde solo se contempla la llegada a la cima. En ese sentido no tenía apego a ninguna cosa.

Le conocía bien. Ya tenía antes esa cualidad como en potencia, pero ahora se había convertido casi totalmente en eso, como si llevara escrito en el centro de su voluntad un gran letrero que dijera: «TENGO QUE LLEGAR». Todo lo que hacía y decía estaba marcado por esa consigna. De alguna manera se había entregado a ella. Había perdido algo de su carácter ultra-romántico. Todo en él hablaba de alguien con quien uno no quisiera enfrentarse cara a cara. A pesar de ese cambio aún guardaba para mí algo de su carácter anterior, como si yo fuera su único, su verdadero amigo en este mundo.

No me había atrevido a preguntarle cómo habían sido esos últimos tres años, cuáles habían sido sus dificultades, aunque esas preguntas las llevaba conmigo. Uno de esos días que pasamos juntos, tomando café, confesó.

—Me he convertido en alguien imposible de destruir. No es posible acabar conmigo de ninguna manera. Mis propias células han llegado a adquirir una especie de carácter inmortal —me dijo exultante.

Lo decía con mucha fuerza, como recordando momentos vividos en su vida pasada, como si Demian hubiese puesto a prueba la verdad de sus palabras.

—Porque tú eres una especie de engendro, ¿no es verdad? —le pregunté.

—Sí, un engendro. Ni mis células ni mi sangre son humanas, por esa razón no puedo tener hijos. Tú lo sabes bien.

Ciertamente, se lo había oído decir otras veces.

EL EMBARAZO

En ese tiempo hablamos mucho, nos sentíamos muy unidos. Una noche me llamó por teléfono. Su novia estaba embarazada.

—Pero, ¿cómo puede ser posible, si tú no puedes tener hijos? —le pregunté.

—El bebé es enteramente de ella. Así lo han querido desde el mundo espiritual —me dijo resignado.

Entendí que aquello era una especie de llamada al orden, un momento único para darle estabilidad a su vida. La pareja había decidido casarse. Él debía ir a la casa de los padres de ella a presentarse y contarles la buena nueva. Momentos antes de entrar en aquella casa me llamó por teléfono. El aguerrido Gatsby estaba bastante nervioso. Me resultaba divertido verlo en esa situación. Al final, y después de la primera impresión de la noticia, toda la familia se dejó llevar por la alegría del momento.

LA BODA

Faltaban pocos días para que se celebrase la boda. Hablamos un poco.

—Me gustaría que fuese Jimmy quien me casase —me dijo.

—¿Puede hacerlo?

—¡Claro! ¿Te lo imaginas con sotana? —me dijo riéndose.

Cogió un palillo de dientes y lo sostuvo en la palma de la mano.

—Cada día que pasa mi pensamiento es más y más fuerte —dirige su mirada hacia la mano—, capaz de doblegar la voluntad de las cosas. Solo he de decirle «ven»…

El palillo se levantaba hacia él cada vez que se lo pedía. Gatsby no era nada ostentoso. Nadie, excepto yo, podía ver ese palillo moverse. Lo observé atentamente. Era muy propio de él actuar de esa manera tan disimulada.