VISITANDO A GATSBY

Creo que fue en la primavera de 1991. Fui a visitarlo a su casa. Le relaté mi encuentro con el cerdo.

—No te preocupes —me miró detenidamente—. Estás completamente limpio de ese ser. Demian está rabioso porque estás de nuevo conmigo.

Le comenté que una vez que terminara el M.B.A. tenía que conseguir situarse. En aquella época Jimmy decía que debía esforzarse por llegar a ser el «joven empresario del año».

—Tienes que empezar por alguna parte —le dije—. Voy a ayudarte todo lo que pueda.

Asintió con la cabeza que parecía tener en otros asuntos. Me contó que cuando su novia rompió la relación compró una pequeña pizarra.

—Sé que dejo una impronta en la gente, y eso vuelve a surgir en las personas en forma de recuerdos inolvidables. Sabía que ella me llamaría, y la he estado esperando. Cada día que pasaba hacía una rayita en la pizarra, hasta que llamó.

Le interrogué con la mirada.

—Le he dejado las cosas muy claras. No creo que vuelva a llamar.

Me miró intensamente como si solo yo pudiera comprender lo que me iba a decir.

—Las circunstancias han querido que haya tenido acceso a una noticia.

—¿Qué noticia?

—Mi primera novia —la llamó por su nombre—, ¿te acuerdas?

—¿Cómo olvidarla? —le dije—. ¡Erais tan felices!

—Se casa. Es su destino. Así está decidido desde el mundo espiritual. Pero tengo el poder de cambiar el destino, por encima incluso de ese mundo. Si yo apareciera, ¡volvería conmigo! —me dijo mirándome fijamente.

Se quedó pensando y sonrió.

—Ya me ha dicho Jimmy que en el momento en que cambie el curso de su destino mi vida en la Tierra terminará. Eso me destruiría.

—¡Ojalá se hubiera casado contigo! —me dijo.

—¿Conmigo? ¿Por qué?

—Porque así podría verla con frecuencia, y tú serías muy feliz junto a ella.

Aquella era la forma de amar tan característica de Gatsby.

Terminamos de hablar. Nos reunimos con los familiares y amigos que llegaron de visita a la casa. Alguien del grupo comentó un suceso del que yo había tenido noticia en agosto de 1990. Se trataba de una paracaidista sueca que, tras caer de una altura de tres mil metros sin que se abriera el paracaídas, salió ilesa del accidente.

—Hay una única fórmula entre un millón de que los huesos formen entre sí una combinación que los haga en su conjunto indestructibles. Esa mujer lo consiguió precisamente porque dejó hacer al instinto, y no al pensar, esa labor —comentó Gatsby.

Lo observé con detenimiento. Siempre me sorprendía cómo decía las cosas. No era posible no prestarle atención. Uno se hacía una imagen inmediata y tangible de lo que quería decir. Sus palabras tenían fuerzas en sí mismas. No cabe la menor duda de que tenía acceso a un mundo de ideas que casi podía tocar. "De esa cercanía" -me decía yo- "deben venir esas fuerzas en el hablar". La perspectiva desde la cual abordaba los temas era siempre desde un punto de vista que aún me sorprende. Sabía que no compartía conmigo más que una pequeña parte de aquellas cuestiones que miraba a su manera. Yo no hubiera podido con todo ello. Una sola de ellas me dejaba como viviendo en tierra de nadie.

—¿No te extraña —me dijo un día— que la bomba atómica no se lanzase en Tokio, la capital de Japón?

—¿Y por qué no se lanzó en Tokio?

—Porque allí vivía el emperador —respondió.