LA BURLA DE DEMIAN

Demian parecía manejar los hilos que conforman las relaciones entre las personas de manera muy peculiar, añadiendo una carga que, a la larga, se hacía pesada. Ése era mi caso.

Estaba cansado. Trataba de no hacer nada que pudiera volver a preocupar a mi padre. Las comunicaciones telefónicas con Gatsby resultaban muy difíciles. Demian cerraba el círculo de mi vida personal, asfixiándome. Es, por decirlo así, un trabajador muy eficaz.

Trabajaba en la oficina hasta tarde. Mi horario hacía que me cruzara con la señora de la limpieza. Era una conocida mía. Tenía una hija de unos doce años. Al principio casi ni me doy cuenta, pero empecé a notar un interés desmedido por parte de esa niña hacia mí. Hablaba sin parar de vivencias que eran más propias de alguien mucho más maduro. Jugaba deslenguadamente con esas vivencias. Todo me resultaba molesto y sospechoso. Un día descubrí que esa niña sentía de un tiempo a esa parte una gran animadversión hacia todo motivo religioso. Entonces abrigué un tremendo desprecio hacía Demian que buscaba cualquier resquicio para afectar mi vida. También comencé a sentirme culpable por afectar la vida de personas inocentes.

LA MEDALLA

Aquel fin de semana fui a ver a mi amigo a su casa. Para ir a verlo decidí estrenar un pantalón comprado hacía pocos días. Mientras hablamos observaba el suyo. Lo conocía. Era una prenda que tenía desde hace varios años. Para mi asombro, no tenía ni una sola mota de polvo. Mi pantalón siendo de más calidad y nuevo sí acumulaba polvo. Entonces caí en la cuenta que siempre había sido así. Gatsby repelía el polvo como un añadido al cuidado de su imagen.

Le pregunté por una colección de figuras de búhos que tenía a su izquierda.

—Soy como un búho. Estoy despierto por las noches y nada escapa a mi vista. Aunque aquí esté encerrado

Lo encontré serio. Me dijo que bebía mucho whisky, botellas enteras. Nunca lo vi, ni tan siquiera mareado.

—El alcohol contiene un elemento que necesito —me dijo.

No entendía lo que quería decir. Gatsby sufría mucho, aunque nadie lo hubiera afirmado por su aspecto puramente externo.

—Mira mis pupilas —me dijo.

Veo cómo tiemblan y parecen girar sobre sí mismas.

—Cuando la gente me mira a los ojos apartan la vista. Les da miedo, es instintivo. Solo los locos tienen este temblor.

Hablamos de Marlon Brando. Gatsby sentía admiración por él. Jimmy le dijo que llegaría a tener una belleza aún más salvaje que la de Brando. Gatsby no creía eso posible. Yo presentía que Demian sentía un enorme desprecio hacia Brando, envidiaba su belleza. Ese atractivo es algo que él no podría obtener nunca.

—No nos van bien las cosas —le dije.

—Sí —me contestó—, y por eso es el momento de hacer algo por alguien.

Se desabrochó un poco la camisa. Me mostró la medalla que mi madre me había dado y que yo, posteriormente le regalé hacía cinco años. Cristo aparece en una de las caras y su madre en otro. Ya no me acordaba de esa medalla.