Cuando una noche descubrí que mi padre me seguía por las calles para averiguar cosas de mi vida, sentí un gran dolor. Ese comportamiento era extraño e impropio de él. Comprendí que estaba obsesionado, y la atribuí a la influencia de Demian.

Gatsby me lo confirmó.

—Demian se ha introducido totalmente en la cabeza de tu padre. Solo tú puedes librarle de esa influencia —me dijo.

Me dediqué a no hacer ningún movimiento extraño y a dejar que pasara el tiempo en total tranquilidad, esperando que la situación con mi padre se relajara, como así fue.

LA PALOMA PURULENTA

Aquel día me llama Gatsby. Su voz estaba rota. Su novia había terminado con la relación. Ella había elegido, y no lo había elegido a él. Me rogó que fuera a verlo en cuanto pudiera. Solo alguien como yo podía comprender lo que eso significaba para él. Lo dejé todo y acudí a su encuentro.

Era ya de noche cuando se montó en mi coche. A Gatsby le gustaba conducir cuando nos encontrábamos. Conocía mejor su ciudad y era, por otra parte, un magnífico conductor. Sin embargo, aquella vez iba en el asiento del copiloto. Estaba destrozado. Movía su cuerpo con dificultad, como si le pesara más de lo debido.

—Ella —me dijo— pensaba que yo era rico.

—¿Y qué importancia tiene eso?

—He amado a una mujer superficial —lo decía como si aún sabiéndolo pensara que el amor que había entre ellos sería más fuerte que todo eso.

Entendí que ésa había sido su esperanza, y que había estado firmemente convencido de que podría curar esa debilidad de la mujer que amaba. Era muy propio de él pensar de esa manera tan romántica.

—Muchas mujeres dicen soñar con alguien como yo, pero cuando tienen ese sueño a su alcance les da miedo hacerlo realidad —me dijo casi sin fuerzas.

Llegamos a un lugar donde solíamos reunirnos. Las vistas hacían de él un sitio especial. Gatsby se movía como un octogenario, con tremenda dificultad. Parecía como si el dolor que sentía hubiese llegado hasta su sistema óseo. A pesar de todo, se mantenía erguido. Aunque apenas se sostiene, mantuvo la cabeza siempre mirando al frente, como queriendo comprender por encima de todo. Nunca se dejó arrastrar por el dolor. Lo vivió porque no podía ser de otra manera. Me señaló un punto muy distante, en un lugar muy peculiar.

—Mira, allí está Jimmy. No se atreve a acercarse —dijo mirando a la lejanía.

Me imaginaba a Jimmy, tan unido a él, viviendo el dolor de mi amigo. En su vida física Jimmy había sido extraordinariamente sensible a este tipo de cuestiones. Era como si algo de su existencia anterior se repitiera, y ese dolor debía ser insoportable también para él.

Nos sentamos. Una paloma vino volando directamente donde se encontraba Gatsby. Se posó en el banco, a su derecha, a escasos centímetros. La miré y me quedé espantado. Estaba llena de bultos y accesos de pus por la cabeza y por todo el cuerpo. Mi amigo juega con ella, hizo ademán de cogerla, pero la paloma se retira manteniendo siempre una distancia de unos quince centímetros.

—La santidad es sanadora —dijo mirando a la paloma.

Entendí que el sufrimiento de Gatsby se había convertido en fuente de salud para la sedienta paloma. La pureza es sanadora. Aquello que mi amigo desprendía era sanador, y el instinto del animal le había llevado al encuentro de mi amigo. El pobre animalito había sido el único beneficiado del momento más doloroso que he llegado a vivir junto a Gatsby.