Miré la pluma con más tranquilidad. Parecía muy robusta. Eso me gustaba. Según mi experiencia, así debían ser las cosas. Le quité la capucha como si desenvainara una espada, y el dorado pulido del plumín me deslumbró. ¡Es una pluma tan hermosa! ¡Y parece ahora tan delicada! Todo en la pluma parecía decir que sin su protección no era nada. Temí por ella desde el primer momento. La llevaba conmigo a todas partes y guardaba mucho cuidado cuando la usaba. Escribir con ella era un placer, me relajaba. Eso me venía muy bien.

Aquel día, poco después de recibir el regalo, estaba haciendo algo que me había pedido Jimmy. Andaba de un lado a otro. Me sentía nervioso, como si me estuvieran siguiendo. Me paré y pensé si la pluma tendría algún tipo de poder. ¿Por qué me había pedido Gatsby que la usara con tanta frecuencia? No lo entendía. La saqué del bolsillo de mi chaqueta y la abrí. De un coche aparcado a mi derecha alguien se incorporó ruidosamente. Botaba dentro del coche, aunque hubiera jurado que allí no había nadie. Extraordinariamente nervioso arrancó el coche y, en cuestión de segundos, salió del estacionamiento como alma que lleva el diablo. Imitándole los movimientos del escondido conductor mi amigo se reía con ganas.

—Ya te dije que viene del cielo. Sigue usándola —me dijo.

Yo la usaba todo lo que podía y la propia pluma me daba cierta seguridad. Pero, mientras más la usaba, más parecía repetirme la pluma la debilidad que en ella existía. Un día que escribía con ella me decía a mí mismo —lo recuerdo perfectamente—: «Debes gastar cuidado, pues siento como si alguien quisiera destruirla». Terminé de escribir y la deposité delicadamente sobre una mesa de cristal. Me descuidé apenas un segundo y vi rodar la pluma sin su protección. No logré cogerla a tiempo y se estrelló contra el suelo. Su delicado plumín se rompió de manera definitiva. La miré y me presentí que había perdido todo su brillo, toda su magia.

CONOCIENDO A SU NOVIA

Gatsby no cabía en sí de gozo. Su novia venía a visitarlo. Me llama y me ruega que vaya a verlos. Quería presentarme a su novia.

Quedamos. Ella estaba tan pendiente de él que apenas se fijó en mí. Daba la sensación de ser una mujer muy despierta. Miré con aire cómplice a mi amigo mientras ella parecía andar literalmente sobre una nube. Nos sentamos en la terraza. Hacia buen tiempo. Mientras los dos enamorados disfrutaban mutuamente me quedé mirando los árboles del jardín como si fueran los únicos que permanecieran en el tiempo. Ya había conocido un amor inmortal, y murió. No quería conocer otro. Me despedí excusándome con unas prisas falsas.

No acertaba a entender qué poder extraía de ese brebaje del amor. Gatsby se volvía muy responsable con su misión, como si aquél fuese el salario acordado. Era una suerte de romanticismo vital el que vivía en él, como el Gatsby de Fitzgerald. Todo lo sacrificaba con tal de conseguir el objeto de su amor.

De vez en cuando Jimmy hacía acto de presencia, aunque no tan frecuentemente como el primer año que nos conocimos. En alguna ocasión aún pudimos pasar juntos algunas horas. Aquel día, mientras paseábamos como si se hubiera contagiado del romanticismo de Gatsby, Jimmy me habló de su verdadero amor: Ursula Andress. Jimmy me contó cómo Ursula acabó por rechazarlo.

En su vida en la Tierra Jimmy tenía algo especial que hacía de él una persona atractiva y conflictiva a la vez. Era como si su necesidad de afecto pusiera continuamente a prueba el corazón de las personas de su entorno. A mí aquello me parecía una especie de don divino. Seguramente Ursula trocó la intensidad del corazón de Jimmy, que podría ser entendido como inestabilidad, por la seguridad de una pareja con más "sentido común". Pero Jimmy aún la amaba.

—Voy a llamar a Úrsula —me dijo de pronto metiéndose en una cabina de teléfonos.

—Pero, ¿qué haces? ¡Este hombre se ha vuelto loco! —dije echándome las manos a la cabeza.