LOS HOMBRES-GATO

Sentía el aliento de Demian muy cerca de mí. Los teléfonos que habitualmente utilizaba estaban pinchados, y no me era posible hablar con tranquilidad con Gatsby. Además, temía por mis allegados. Conocía bien a Gatsby y, al conocerlo, también sabía algo de Demian. Había tenido ya alguna que otra experiencia. Explicándolo a mi manera diría que, al igual que Gatsby, Demian podía influir en el sistema nervioso humano. Siempre creí que su fuerza era ciertamente afín a este sistema nervioso, sobre todo si ese humano pasa por algún momento que lo hace especialmente vulnerable. Esa fuerza actúa como un poder disuasorio interno a modo de miedo profundo.

Me sentía vigilado a cada paso que daba. Trataba de no darle importancia, pero no podía negar que añadía cierta presión a mi vida. Estaba confiado en cuanto a lo que mi seguridad se refería. Confiaba en lo que Jimmy me dijo el primer año de conocernos. Por aquel entonces andaba pensando qué era lo que podría impedir que Demian me matara. No llegaba a entenderlo. Iba de vuelta a casa después de un encuentro con Gatsby. La carretera estaba repleta de coches. De pronto se escucharon una serie de golpes. Un coche esquivó otros y viene directo hacia mí a mucha velocidad. Todo fue muy rápido. Otro coche, rojo, salió de su carril y se interpuso en el trayecto del primero. Chocaron. El coche que venía hacía mí derrapa y comenzó a dar vueltas de campana. Venía hacia mí botando, era increíble. Volvió a botar a un metro de mi coche y saltó por encima hasta caer definitivamente boca abajo en el asfalto. Milagrosamente no hubo heridos.

Aquella era la forma de matar que yo atribuía a Demian, muy propia de su inteligencia. Aunque no puedo asegurar que ese accidente fuera intencionado, ya que tampoco se lo comenté a Gatsby, no puedo negar que tenía la sensación de estar protegido.

Todo lo que vivía me hizo sentir curiosidad por Demian y por las personas que lo apoyaban. Quería saber acerca de ellas. Una noche, paseábamos, y le pregunté a Gatsby cómo eran. De un salto subió a unas piedras y extendió la palma de la mano paralela al suelo. Debajo de ella, a un metro, un gato negro se apretaba contra el suelo como si una fuerza invisible lo aplastara.

—Son como gatos, hombres-gato —dijo mirando al horizonte iluminado por la luna—. Autosuficientes.

Ya le había oído hablar otras veces sobre la autosuficiencia. Ésta no es propia de los seres humanos sanos, que nos necesitamos unos a otros.

Después de mirar en dirección al suelo replegó la mano sobre sí, soltando al gato de su atadura. El cual lanzando un maullido despavorido, dio un salto en vertical hasta una altura considerable, corriendo después como sombra de viento por entre las piedras.

—¿Y qué siente Demian por alguien como yo? —le pregunté.

—Un asco enorme —me sonrió.

LA PLUMA DEL CIELO

No recuerdo el motivo, pero ese día Gatsby me hizo un regalo. Era una magnífica pluma estilográfica.

—Utilízala todo lo que puedas. Continuamente. Es una pluma del cielo, del mundo espiritual —dijo mi amigo—. Llévala siempre contigo y de cuando en cuando úsala.

Le di las gracias. Era verdaderamente preciosa. «¿Qué querrá decir exactamente con eso de que es del cielo?», me preguntaba mientras meneaba la cabeza. En mi fuero interno tendía a no creerme del todo aquello que no podía comprobar por mí mismo en alguna medida. Eso no quiere decir que no estuviera abierto a todas las novedades que aparecían en mi vida. Pero éstas eran tantas que trataba de adoptar una actitud lo más exenta de juicio para, justamente, no perderlo.