Cuando dejé el coche en su destino llamé a Gatsby pues tenía que conducir para llevarlo al concesionario. Él debía velar para que no sucediera nada que pusiese mi vida en peligro.

Después de mucho esfuerzo conseguí dar el coche como entrada para la compra de otro, refinanciando la deuda. El coche nuevo sería para mí. Se puede decir también que había necesitado tres préstamos para pagarlo, y que el precio fue al final más del doble de su precio original. Este caso del coche puede dar una idea de lo difícil que era apoyar a Gatsby. Por doquiera surgían dificultades que agravaban la situación de una manera increíble, en el sentido que parecía imposible lo que estaba teniendo lugar.

Esto se hizo extensible a todas las demás cuestiones, por pequeñas que fueran. Era un continuo aparecer trabas para cualquier tipo de operación que quisiera llevar a cabo. Esas fuerzas retardantes se me hicieron más que evidentes en esos años. Aunque desconocía mucho de ellas, me las imaginaba como seres reales, y hubiera dado lo que fuera por poder verles la cara.

FELIZ NAVIDAD

En esas navidades Gatsby recibió una tarjeta de felicitación. Al pasar cerca del buzón cerrado olió el aroma que la carta desprendía.

—Olía a Demian. La abrí y leí: «Feliz Navidad Mr. Gatsby» —dijo mi amigo.

Aquel año se presumía un poco complicado.

LAS FOTOS DE LA NOVIA

Gatsby amaba con todo el corazón a su novia. Era una mujer muy diferente de su novia anterior, pero el amor de Gatsby era el mismo. Él parecía necesitar esa clase de amor y era, en ese tiempo, muy feliz, a pesar de que vivían alejados físicamente. Ella estudiaba su último año en la universidad. Gatsby iba a verla de vez en cuando. En aquella ocasión pasaron unos días inolvidables en una estación de esquí. Se hicieron numerosas fotos como testimonio de su dicha.

Fui a verlo en aquella época. Salimos a tomar algo. De camino íbamos a recoger las fotos en papel a una tienda de revelado. Había que subir unos peldaños para poder acceder a la tienda. Me detengo a unos metros de la pequeña escalinata. Un escalofrío me recorrió la médula espinal, una especie de presión. Sentía mi sistema nervioso alterado, sobre la base del cráneo. Miré tenso a Gatsby, que levantaba la cabeza como oliendo el ambiente.

—Demian ha estado aquí —dijo.

En ningún momento entendí que hubiese estado físicamente, sino como fuerza, por decirlo así. Gatsby entró en la tienda y me invita a pasar. Quise hacerlo pero no podía. No conseguía controlar esa fuerza que había afectado mi sistema nervioso. Decidí esperarlo fuera. Poco después Gatsby sale con una amplia sonrisa dibujada en la boca.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté.

—Demian ha velado todas las fotos —se reía—. No ha dejado ni una. Le desespera que sea feliz. Tiene pavor de eso.

Aquel día Gatsby estaba muy contento. Saboreaba su momento.

Demian sentía pánico de que Gatsby fuera feliz. Las fuerzas de mi amigo adquirían otra dimensión. Era algo que lo alimentaba verdaderamente. El amor le mantenía en un éxtasis sin fin, y a mí me parecía ver temblar al poderoso Demian. Sus robustas piernas se convertían, por momentos, en trémulos palillos. Demian haría todo lo posible para que no fuera así. Haría lo imposible por dar de beber a Gatsby el elixir de su negro corazón para así negarle aquello que se había negado a sí mismo y legar el fracaso que en exceso habita en su espíritu.