—Estoy en una pensión de lo más rara —me dijo.

—¿Rara? ¿Por qué? —pregunté.

—Algo en ella me ha llamado la atención y he tenido que entrar. Luego, bueno, está la dueña. Tiene algo extraño, pero no sé qué es.

—¿Qué puede ser?

—No lo sé, pero es algo que hace que no la pierda de vista. Pronto lo averiguaré.

Hablamos al día siguiente. Mi amigo estaba excitado, pero también divertido.

—¿A que no sabes quién es ella? —me pregunta— ¡La nodriza de Demian! —se reía sin darme tiempo a responder, como si esa mujer fuera el ser más ridículo de la Tierra—. Jimmy me ha dicho que me vaya inmediatamente. Dice que aún no estoy preparado para un encuentro con Demian. Pero yo no lo creo —continuó diciendo con esa particular predisposición romántica al combate.

En ese momento se oyeron unos ruidos característicos en la línea. Alguien estaba escuchando. Jimmy hizo acto de presencia inmediatamente. Comenzó a cantar, por boca de mi amigo, una canción muy alegremente. Ésta hacía mención a unos tiempos en los que después de años de oscuridad, por fin vuelve la luz, o algo similar. Obviamente, la canción iba dirigida a nuestros invitados. Después de esta interrupción le sugerí a Gatsby que se marchase de allí si Jimmy así se lo había aconsejado. Me contestó que pasaría una noche más. Estaba deseando enfrentarse a Demian, medir sus fuerzas.

—¿Quién es esa nodriza? —le pregunté.

—Es quien lo ha criado. ¡La mano que mece la cuna, es la mano que domina el mundo! —respondió.

Recordé entonces las muchas veces que Gatsby me había hablado de la importancia de la educación. No existía nada más importante que eso, e interpreté lo que decía en ese sentido.

Me volvió a llamar el tercer día. Estaba desconcertado. Toda su seguridad se había desvanecido. No entendía cómo había podido pasar. Salió esa mañana y no había vuelto hasta la tarde. Fue a abrir el coche pero las llaves las había dejado en la habitación de la pensión. Lo dijo como si alguien hubiera sido más listo que él. No podía creer lo que dice. Esos errores no eran habituales en Gatsby. Continuó diciendo que había que deshacerse del coche. Insistió varias veces. Lo dijo con cierto nerviosismo y culpabilidad. Dudó un momento. Se montaría en él por última vez para llevarlo a la estación de tren. Él tenía que marcharse a otra ciudad. No podía hacer esto solo, debía ayudarle. Me dejó claro que en ningún caso iba a coger ese coche otra vez. Todo transcurrió muy precipitadamente.

—Bueno, está bien —le dije—, venderé el coche. Solo tiene siete meses. Recuperaré parte del dinero.

—No, no puedes. Ese coche es una bomba. Le fallará algo en cualquier momento y matará a alguien. Debes llevarlo a la Volkswagen. Entrégalo como entrada por otro coche. Tienen un procedimiento de revisión para la reventa tan exhaustivo que no pasará la prueba. Es la única solución.

—Pero, ¿qué le han hecho al coche? —pregunté.

—Artes negras —me dijo.

Ese mismo fin de semana me desplacé a Barcelona. Me hice cargo del coche que estaba en la estación de tren. Lo monté en un vagón de mercancías con destino de vuelta a mi ciudad. Desde que tomé contacto con el coche en la estación, me di cuenta de que alguien me seguía. Era un tipo un poco extraño. Su cara no decía absolutamente nada. Parecía estar vacío. Lo volví a ver en varias ocasiones más a lo largo de los años. Siempre me seguía sin ningún disimulo. Lo observaba curioso queriendo ver algo de Demian en él, algo de su carácter.

Aquel tipo era como una burla de Demian. Era su sentido del humor. Así lo veía yo.