—Tu madre está bien. Tranquilízate. Volveremos a hablar mañana —me dijo Jimmy.

Necesitaba oír esas pocas palabras. Me tranquilicé. Mis músculos se relajaron. Mi mente se serenó.

A partir de este momento empecé a rememorar la muerte de mi madre con más tranquilidad. Una preocupación me asaltó. Me parecía haber observado algo en su actitud de los últimos días que pensaba podría ser un problema en el mundo espiritual. Algo que, si seguía con ella en su nuevo hogar, podría ser un impedimento, una barrera que le impidiese extender la mirada a esa realidad. Esto vivía en mis pensamientos cuando llamé a Gatsby. Fue Jimmy quien cogió el teléfono. No dije nada de estos pensamientos.

—No te preocupes por tu madre, debes tener en cuenta que muchas cadenas se rompen en el momento de la muerte —dijo—. Ella está bien. Está conmigo. Ahora ella forma parte de la Causa

Nunca hubiera podido imaginar que el hecho de que Jimmy dijera que mi madre estaba con él tuviera la virtud de aportarme tanta tranquilidad de espíritu. Parecía claro que apreciaba a Jimmy más de lo que me decía a mí mismo.

Al final de la conversación, aparece Gatsby. A modo de despedida me dijo que a partir de ese momento tenía la oportunidad de llevar una vida en comunión con mi madre. Recordé entonces las palabras que Gatsby me comentó un día, el primer año de conocernos.

—La vida no «sigue» como habitualmente suele decir la gente cuando alguien muere, sino que cambia a otra forma de relación.

Entendí entonces que la vida no "sigue" como suelen decir al allegado, queriendo imprimir una dirección de vida sin la compañía de ese difunto. Uno debe seguirlo allí donde fuese y restablecer esa unión. Para el enorme corazón de mi amigo era impensable abandonar a alguien amado, ni incluso después de la muerte. Era casi una bajeza hacerlo, precisamente cuando las dificultades se hacían presentes. Ése era mi amigo. Ya entonces tenía un corazón de león.

De camino a mi casa siento que me habían quitado de encima un enorme peso. Anduve muy ligero. Pensaba de qué manera se podría extender el alivio que sentía a esas personas que se encontraban en la desesperación por la muerte de un ser querido. Si yo lo he vivido, otros lo podrían vivir. Pero ¿cómo conseguir eso?

Al entrar me encontré con mi padre. Me parecía estar viendo a alguien a quien le falta la mitad de su cuerpo y no sabe dónde ha ido esa mitad que falta. No hallaba la manera de ayudarlo. El mundo se me presentó, entonces, dividido entre los que viven encerrados en sí mismos como mi padre y unos pocos afortunados, como yo. Y no lo consideré justo.

LA MANO QUE MECE LA CUNA

En noviembre volví al trabajo. En aquella época trabajaba en una oficina. Tenía a mi disposición un teléfono personal y desde él contactaba con Gatsby. No pasó mucho tiempo hasta que se hizo muy ostensible que el teléfono estaba intervenido. No había ningún disimulo en ello. Alguna vez, incluso, se escucharon risas de fondo o se cortaba la comunicación. Gatsby me comentó que Demian ya sabía que yo era su principal apoyo. A mí me parecía que Demian poseía demasiados recursos en comparación con mi amigo.

En diciembre de 1989 pedí un nuevo préstamo. Gatsby necesitaba dinero para sus viajes. Parecía estar continuamente buscando algo. Un día me llamó desde la ciudad de Barcelona.