—Sí, sí, no me gusta ese coche. Se nota que es de segunda mano. La imagen es muy importante. Quiero uno nuevo. Como ése, pero nuevo.

Jimmy no era de fiar en ese sentido. No era un buen consejo tomarse a broma lo que decía.

Tan convencido estaba de que estropearía el coche que en abril ya teníamos un Golf nuevo, 16 válvulas, de color negro. «El color de la eternidad», como decía mi amigo. Ni que decir tiene que por el antiguo coche me dieron mucho menos de lo que pagué. Sufrí una pérdida de dinero que podía haberse evitado si Jimmy se hubiese dignado a dar su opinión en el momento oportuno. Pero entonces no hubiera sido Jimmy. Con esto uno aprendía que debía buscarse lo mejor para el caso o, en caso contrario, acababa saliendo muy caro.

Si se sigue la evolución de este coche es posible hacerse una idea de la inestabilidad que se vivía junto a Jimmy y mi amigo. No tenía nada que ver con una vida normal en ningún sentido.

EL GRAN GATSBY

Viajamos para vernos. No recuerdo el motivo. Mi amigo me contó que Jimmy le había dado un nuevo nombre: Gatsby.

—¿Gatsby? —dije—. ¡Vaya nombre más raro!

—Existe un libro, y también una película, que llevan como título ese nombre. Alquílala en un videoclub. Ya me contarás.

Así lo hice. Esa misma noche pude ver la película. No daba crédito a lo que veía. Aquel personaje de Jay Gatsby era mi amigo.

La auténtica virtud de mi amigo residía en haber logrado armonizar su inteligencia, su corazón y su fuerza. Se ha de comprender que aquello que él tenía gracias al corazón, al afecto, al amor, debía ser muy grande para poder equilibrar y dar sentido a sus otras potencias. Sin embargo, ello no quiere decir que esas potencias no hicieran, de vez en cuando, acto de presencia por sí mismas si las circunstancias lo requerían. Demian era eso: una fuerza e inteligencia que desbordaban a cualquier rival, que se abrían paso por sí mismas. Ahora, en cambio, todo aparecía filtrado por el corazón. Su fuerza y entendimiento parecían doblegados totalmente al amor.

Esas potencias vestían de manera peculiar los ropajes del afecto. Así su inteligencia vivía detrás de una afectuosa mirada, y su fuerza se desplegaba por medio de la elegancia de sus gestos. Poseía Gatsby, una extraña amabilidad que te calaba en lo más hondo. Estas pocas palabras lo definen muy bien.

Y desde entonces, hasta el final de esta historia, siempre lo llamé por este nombre. Fue, digámoslo así, la «adaptación», la forma que su espíritu adoptó que más afín me era. Cualquiera hubiera querido conocer a Gatsby en ese tiempo como yo llegué a conocerlo.

MI MADRE

En mayo mi madre cayó gravemente enferma. Muere unos meses después, a finales de 1989. Durante todo ese tiempo apenas me acuerdo de mis amigos, aunque pude y seguramente debí intentar contactar con ellos. Al final de sus días estaba exhausto y comprendí que me podían haber ayudado mucho. Gatsby no me llamó en seis meses, algo muy inusual. Yo estaba resentido. «Sólo se ponen en contacto conmigo cuando necesitan algo», me decía.

A los pocos días me llamó Gatsby en tono de broma. Le comuniqué la muerte de mi madre. El silencio se hizo repentinamente. Después de una larga pausa, apareció Jimmy.

—Gatsby está en estado de shock. No te preocupes. He querido que fuera así —dijo.

No sé por qué lo dice. No me preocupa lo más mínimo. Ni Gatsby, ni Jimmy, ni nadie.