—¡Qué ganas tengo de volver a este mundo! —me dijo un día mientras contemplaba el ajetreo de una gran ciudad. No entendía lo que quería decir y lo olvidé casi de inmediato, como tantas otras cosas que no me era posible entender.

Jimmy me habló en términos muy claros. Demian necesitaba mi ayuda para lograr su objetivo, para cumplir su misión. Yo no sabía muy bien cómo podría ayudarlo, pero no iba a permitir —en la medida que dependía de mí— que aquello que tenía que traer al mundo se echara a perder como ocurrió con su primer amor. Estaba dispuesto a sacrificarme, ya que nada importante es gratuito. Me comprometí a ayudarlo con todas mis fuerzas.

DE COMPRAS

Cuando nos veíamos solíamos ir a algún centro comercial. A Demian le atraía mucho el negocio de la distribución, ya que permitía estar en contacto con mucha gente, entrar en sus vidas. En aquella ocasión íbamos de compras. Mientras subíamos por la escalera mecánica de unos grandes almacenes lo observo detenidamente.

—¿Estás más alto, verdad? —le pregunté un poco asombrado, ya que antes teníamos la misma estatura.

—Sí, ahora mido un metro ochenta —se ríe, mientras se pavoneaba estirando el cuerpo.

—Y a tu edad, ¿cómo has crecido 5 centímetros? —le pregunté.

—Muy fácil, es Jimmy. Esta es mi estatura perfecta. Le digo que me ensanche la espalda, o que me muscule el brazo, y ya está. Mira, toca, toca —me acercó su brazo. Ciertamente, mi amigo estaba musculado, y jamás lo vi hacer ningún tipo de ejercicio.

Accedimos a la sección de caballeros que ocupaba toda una planta de ese centro comercial. Nos paramos ante una maraña de corbatas colgadas todas juntas. A simple vista no me gustaba ninguna. Demian metió la mano en esa maraña mientras me sonreía. Entonces, para mi sorpresa, sacó una preciosa corbata escondida en su interior. Otra vez volvió a meter la mano y una corbata tan bonita como la anterior salió a la luz. Parecía como si la corbata quisiera caer en sus manos, como si la atrajese con un imán oculto, como si tuviese ojos en los dedos.

—Bueno, aquí ya no hay más que valga la pena —decía.

Había visto cosas así un sinnúmero de veces. Se daba algo mágico en él en este sentido. Demian estaba dotado de una extraña cualidad para saber lo que le sentaba como un guante. Cogía un pantalón que estaba doblado sobre sí mismo y decía: «Éste me está perfecto». Se lo probaba y parecía hecho a su medida, tanto de largo como de ancho. El corte era perfecto, así como la tela y el color. «¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo ha dicho?», me preguntaba.

Aquel día, o quizás fuera otro de aquel tiempo, entramos en una tienda Golf & Green. Se probó dos camisas. El azul y rosa claro de esas camisas parecían estar hechos para él. Esos colores, ya muy conseguidos por sí mismos, parecían brillar en él.

—Sí, no te queda mal —le decía.

Disimuladamente miré alrededor. Quise evidenciar el efecto que causaba en la gente. Pude comprobar cómo todo el mundo volvía la vista hacia Demian. Como es lógico, unos eran más sensibles que otros, pero a todos, sin excepción, les afectaba. Aquella era una experiencia totalmente objetiva. Atraía la atención de la gente de una forma mágica, y siempre fue así.

Jimmy hablaba con frecuencia de la importancia de la imagen en la misión de Demian. En ese sentido se había logrado la perfección. Sólo quiero recalcar que no era una cuestión meramente física. Las fuerzas —de Demian— que ahí hacían acto de presencia eran, sin duda alguna, suprasensibles. Mi amigo simplemente brillaba.