El único límite que conocía pertenecía al reino de lo moral. Solo ante esto se paraba. Es por ello mismo que únicamente eso importaba. Para él no tenía sentido ningún tipo de apego a nada material o inmaterial que pudiera ser accesorio, aunque el acompañante lo tuviera por necesario e importante.

Por ejemplo, una persona vanidosa viviría a buen seguro en manos de Jimmy una serie de experiencias que serían tanto más intensas cuanta más resistencia opusiera. Si se soporta la compañía de Jimmy, de la antigua vanidad no queda ni rastro.

Con Jimmy no viene lo que uno quiere, sino aquello que uno no quiere, aquello que uno teme. Si se tiene una debilidad es lo primero a lo que te vas a enfrentar de forma repetitiva hasta el hartazgo. Se necesita valor para soportar algo así, y yo presentía que solo alguien con mucho de ese valor podía administrar esa clase de medicina, que el maestro de una disciplina primero debía dominarla.

Tal y como lo veía entonces, diría que la vida habitual era mucho más benévola que Jimmy, aunque él resultaba mucho más divertido que la propia vida. Y nosotros elegimos a Jimmy o, si se prefiere, lo que venía con Jimmy.

De mis palabras se deduce que, de tener que serlo, podría llegar a ser un duro instructor y un duro compañero de viaje, como efectivamente lo fue. Sin embargo, en su favor hay que decir que, en caso de vivir una situación complicada, uno quisiera tenerlo muy cerca.

LA INSTRUCCIÓN DE JIMMY

Recuerdo que mi amigo me comentó que habíamos sido elegidos porque en el transcurso de nuestras vidas nos íbamos a perder, íbamos a tomar caminos equivocados. La idea que me transmitía me pareció profundamente cristiana. Pensé que, en lo que a mí respecta, podía tener razón. Vivían en mí muchas debilidades de carácter que podían haberme conducido a la nada. Con respecto a él no alcanzaba a ver a qué se refería concretamente. Pensé que una persona de sus características sería sometida a una serie de pruebas y tentaciones muy diferentes a las mías. La comparación resultaba entonces inevitable. ¿Qué teníamos en común? No solo yo me lo preguntaba.

—Lo único que tú y yo tenemos en común —me dijo un día— es la vena que asciende por nuestra sien izquierda.

No fue la única vez que le escuché decir eso. Utilizaba un tono serio para decirlo, y nunca llegué a saber qué se ocultaba detrás de aquellas palabras. Siempre pensé que eran la expresión física de la afectividad en el pensamiento, lo único que me parecía tener en común con él.

Estaba claro que todas las fuerzas se centraban en mi amigo. Yo me aprovechaba del solo hecho de que compartiera ciertas vivencias conmigo, y mucho aprendí de ello. Sin embargo, también se puede decir que recibí algún tipo de enseñanza, a la manera de cómo enseña la vida, con el fin de limar ciertos defectos que anidaban en mi persona de forma más bien inconsciente. Quisiera mostrar un ejemplo.

Esto que relato fue para mí la primera prueba de peso. No nos conocemos del todo verdaderamente hasta que no vivimos ciertas situaciones especiales que se salen de lo que hasta entonces ha sido nuestra vida habitual. Entonces emergen en uno una serie de tendencias que yacen en potencia, como ocultas, y que en ese momento salen a la luz.

La aparición de Jimmy en mi vida produjo un cambio importante en ella desde el primer instante. Allí donde antes coexistían la duda y la inseguridad fueron desplazadas por dosis masivas de confianza y seguridad en mi propio destino. Gestioné mal esas nuevas fuerzas que nunca antes había tenido. Me sentía el rey del mundo y como tal, creí que podía disponer de él a mi capricho, que lo único importante era la finalidad. Entonces surgió en mí una inclinación a apropiarme de lo que no era mío. No distinguía bien el límite de esto último, y no era muy consciente de ello.