Un filósofo de prestigio visitaba la Universidad y tenía programada algunas conferencias y tertulias. Estas visitas eran una suerte de deferencia de estos invitados hacia nosotros, los estudiantes, y nos permitían mantener un contacto más directo con ellos. Mi amigo estaba muy contento, puesto que tenía a aquel filósofo por kantiano. Se compró una grabadora para no perder detalle de sus comentarios. También se las arregló para estar todo el tiempo con él. Pude verlos juntos a la hora de una de esas tertulias. Con respecto a la misma no recuerdo nada que fuera de importancia para mí, ya que, sencillamente, no llegaba a comprender qué era lo que se batallaba en el campo de la epistemología.

Aquella noche mi amigo estaba profundamente decepcionado. Me contó, como si todavía no se lo terminara de creer, que las cosas no habían sucedido como él esperaba.

—¡Ese filósofo no es kantiano, sino aristotélico! —me explicó un poco turbado.

Para él fue una verdadera decepción. No sé si guarda alguna relación con lo narrado, pero días después pude verlo estudiar absorto la Metafísica de Aristóteles en una edición especial.

JIMMY

Las condiciones anteriormente comentadas bajo las que Jimmy se comunicaba conmigo eran muy singulares y muy llamativas también. Aún haciendo abstracción de ellas habría que decir que Jimmy era un tipo muy especial y que muchos querrían conocerlo aunque fuera por un corto período de tiempo. Forma parte de esa clase de personas que uno no olvida: una personalidad de corazón; pura vida y optimismo. Es lo que imperaba en él y como mejor se le puede definir. Una visión pesimista de las cosas era difícil mantener, o ni siquiera considerar, en su presencia. Éste era un filo de la espada.

Mi amigo era distinto, mucho más serio y reflexivo. Incluso podría haber pasado por más responsable. Su forma de hablar, de mirar, de sonreír, de moverse, eran completamente distintas. Si uno se hace una cabal idea de lo que digo podrá creerme cuando afirmo que, sin duda alguna, se distinguía al instante quién vivía en un momento determinado en el cuerpo de mi amigo.

Jimmy podía utilizar su cuerpo a voluntad. Una décima de segundo y quien conmigo hablaba era Jimmy y, sin embargo, percibía al momento el cambio. No era una actividad mediumnística ni nada parecido. Yo no hubiera permitido tamaña grosería. No era ése el tipo de relación que manteníamos.

Jimmy podía pasar una tarde entera conmigo paseando, yendo en autobús, hablándome sobre cosas que debía saber… Ésos eran siempre momentos muy especiales y divertidos. La personalidad de Jimmy era tan peculiar, tan desbordante, y su presencia era tan notoria, tan evidente, que nunca albergué duda alguna de que se trataba de una personalidad distinta en el cuerpo de mi amigo. Y creo que nadie en mi lugar hubiera tenido dudas al respecto.

Jimmy se jactaba de poder pasar por mi amigo delante de los demás, aunque no lo hacía con frecuencia. Por lo general se mostraba poco comunicativo en las contadas ocasiones que un tercero hacía acto de presencia. A mí siempre me pareció un mal actor, aunque reconozco que lo pensaba para fastidiarlo. En vida fue un hombre con una gran carga sentimental y, de haber vivido más años, esos sentimientos metamorfoseados en su trabajo de actor le habrían llevado, a buen seguro, muy lejos.

El otro filo de la espada o, si se prefiere, el otro rasgo característico de su personalidad, era el extraordinario coraje que parecía llenarlo por completo. Ya he mencionado que era una individualidad de corazón, y sobre la base de esto ha de entenderse ese arrojo.

Ante él se tenía la sensación de estar delante de alguien sin límites. Puedo asegurar que eso no es algo del todo agradable, ya que entonces los egoísmos y miedos propios se hacen muy presentes. Muchos dicen razonar que en esta vida muy pocas cosas son verdaderamente necesarias y que sobran otras muchas. Esto no era teoría en Jimmy, sino pura práctica. Jimmy mismo era eso. No era posible estar con él y no acabar viviéndolo en carne propia.