En lo sucesivo Jimmy me habló siempre a través de mi amigo. Estas incorporaciones, por decirlo así, eran tan suaves que se hacían imperceptibles. Al mismo tiempo, uno notaba en el primer gesto, en la primera mirada, al primer sonido salido de la boca de mi amigo, que era Jimmy quien hacía acto de presencia.

La personalidad de Jimmy era después de su muerte tan arrebatadora como lo fue en vida, incluso más, si se me permite decirlo, debido a las excepcionales circunstancias del momento. En él uno podía percibir que se sentía obligado por la misión que tenía que cumplir con respecto a nosotros, sobre todo con mi amigo, pero también se le notaba exultante por poder ver de nuevo el mundo a través, aunque solo fuera momentáneamente, de un cuerpo humano. «Un cuerpo», especificaba a menudo Jimmy, «muy especial».

EL AMOR DE MI AMIGO

Como bien puede comprenderse, toda esta situación me resultaba muy excitante. Jimmy resultó ser extraordinariamente divertido, y yo no terminaba de creerme lo que estaba viviendo. «No necesito nada más», me decía. Tal era mi contento.

No era ésta la actitud de mi amigo, que estaba por aquel entonces enamorado. Lo que vivía en esa relación era, cuanto menos, tan importante como lo que le acababa de suceder de forma tan llamativa, y él no iba a permitir que nada pudiera afectar a esa relación.

Su novia era una chica muy dulce y hermosa. En mi amigo se observaba un gran cambio al solo contacto con ella. Una energía muy especial parecía desprenderse de él. Algo que en el transcurso de ese año se me hizo muy visible, una clase de amor que me conmovió en lo más profundo.

Si tuviera que resumir con pocas palabras lo que mi amigo llegó a vivir aquel año tan extraordinario, habría que hacerse una imagen en la que aparece James Dean, la figura del filósofo Immanuel Kant y la confrontación con su propio destino: el nacimiento de unas fuerzas y capacidades extraordinarias. Finalmente, dotando todo ello de una vitalidad especial. Incluso diría que armonizando, equilibrando, la fuerza del amor por una mujer que en mi amigo se metamorfoseaba a cada paso de tiempo en algo más y más hermoso, más y más perfecto.

KANT

Antes de conocer a Jimmy, mi amigo —o al menos eso creo— ya era partidario de la filosofía de Kant. Sentía por este filósofo una gran devoción. Cuando le preguntaba la causa de semejante admiración me hablaba del carácter metódico del pensador de Königsberg. Me contaba que Kant reflexionaba en su cuarto mirando al exterior, y cómo protestó enérgicamente cuando cortaron el árbol que podía ver por su ventana, al que se había acostumbrado a observar mientras cavilaba. También me refería cómo Kant iba a dar clases siempre con la misma chaqueta, y la cuidaba de tal manera que parecía nueva. Esto le llamaba poderosamente la atención y le transmitía las virtudes de una disciplina que quería hacer suya. Más allá de eso, nunca hablamos del contenido de la filosofía kantiana y, aunque así hubiera sido, puedo afirmar con total seguridad que no habría entendido nada.

Mi amigo defendía a Kant con empeño, y se podía ver en él un naciente poder de la elocuencia. Sus palabras tenían fuerzas por sí mismas, y esto se percibía en los que lo escuchaban, cuya atención parecía secuestrar.

En aquel tiempo ocurrió algo con respecto a Kant que atrajo mi atención, algo que, aunque parezca irrelevante, quisiera relatar, ya que no me pasó desapercibido.