LA MEDALLA

Habíamos estado un tiempo sin vernos. Había visitado a mis padres. Mi madre me regaló una medalla religiosa de oro, pequeña y discreta. Me gustaba. Ella insistía en que la llevase. Años más tarde supe que mi madre había estado preocupada por mí. En su preocupación, compró y llevó a bendecir esta medalla para, unos días más tarde, regalármela.

Ya de vuelta, fui en busca de Demian para saludarlo. No estoy seguro pero creo que no se me veía la medalla.

—¿Qué llevas ahí? —dijo señalándome el cuello.

—¿Te refieres a esto? —le enseñé la medalla. Se quedó muy impresionado.

—Sí, —me dijo—. Por favor regálamela. La necesito. Me protegerá.

Me pilló desprevenido. Lo pensé un poco. Parecía decirlo con verdadera urgencia

—Está bien. Si tanto la necesitas, ahí la tienes —la saqué de su cadena y la puse en sus manos.

La cogió con cuidado mientras desabrochaba la cadena que colgaba de su cuello. Era una cadena de plata, muy gruesa. Aunque lo intentó varias veces, el eslabón del que colgaba la medallita no dejaba pasar su cadena.

—Mira —le dije—, si tan importante es para ti, te regalo mi cadena de oro para que te la cuelgues. Haz la gracia completa.

—No. No hace falta —me dijo, mientras puso la medalla sobre la palma extendida de su mano derecha. Miró fijamente la medalla en actitud concentrada, y ante mis ojos el eslabón de la medalla crecía hasta doblar su tamaño. Introdujo ahora con facilidad su gruesa cadena por el eslabón y se colgó del cuello el conjunto.

—¡Ya está! —sonrió mientras me guiñaba un ojo.

EL COCHE

Jimmy era un fanático de los coches, si es que se puede hablar de él en esos términos. Ese mismo entusiasmo nos lo transmitió a nosotros. Sé que fueron muy importantes en su vida pasada, tanto que murió en uno de ellos. Él contaba con gran emoción, cómo en el momento de su accidente, durante apenas un segundo, sintió que la misericordia divina lo invadió por completo —la expresión de su cara se tornaba radiante cuando llegaba a este punto—, y en aquel segundo escaso se arrepintió de todo lo que había hecho mal. Según Jimmy, ese fue el momento más importante de su vida.

No puedo asegurar con certeza lo que veía en los coches. Una vez le dije a Demian que había salido al mercado un deportivo llamado «Diablo».

—Sí, te has dado cuenta —me dijo sonriendo—. ¡Qué insulto para el diablo!

El coche guarda relación con la individualidad y el estar despierto, con la independencia y la conciencia. Nada que ver con el gregarismo y el permanecer dormido. Además, el coche tiene que ver con la imagen que de uno tienen los demás, y eso era muy importante para mi amigo.

Un día paseábamos al pie de una colina en cuya cima se extendía, a lo largo, una carretera. Mirábamos al frente y, de pronto, giramos nuestras cabezas como si algo nos llamara la atención. Vimos aparecer un coche blanco muy a lo lejos. Sentí que casi podía oír su silencioso motor y notar la suavidad de su conducción. Me quedé perplejo. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Jimmy le dijo a Demian de qué coche se trataba, y sentimos un deseo irrefrenable de tener uno.

Pasaron unos días, al cabo de los cuales me encontré a Demian. Jimmy le había traído un periódico y en él, marcado con bolígrafo, un anuncio. Me mostró la sección de venta de coches de segunda mano. Vendían un coche de esa marca a un precio muy asequible. Jimmy apareció y me dijo que lo consiguiera como sea. Tenía algo de dinero, no mucho, pero el suficiente. Jimmy se puso loco de contento cuando le dije que conseguiría ese coche. Y estaba decidido a hacerlo.