Jimmy continuó hablando sin hacerme ningún caso. Al final me miraba en silencio. Yo no comprendía nada de nada. Apareció entonces mi amigo, y me repitió a su manera el anuncio de Jimmy. Empecé a darme cuenta, ayudado por la actitud anterior de Jimmy, de que había dicho una barbaridad fruto de mis miedos.

—¡Lo sabía! —dijo Demian—. Sabía que, si existo, entonces debe existir otro como yo en alguna parte.

Al decir esto me parecía que estaba hablando de una ley espiritual que obedece a algún tipo de necesidad, y que no puede ser de otra manera.

Demian estaba verdaderamente excitado. Le pregunté sobre el otro, el que es como él. Me dijo que era su adversario. Mi amigo tenía una ventaja sobre él. El otro era aún un adolescente. No me dijo la edad. Tampoco se la pregunté.

—Me imagino que será rico —le dije.

—Sí —me contesta—, detrás de él hay un importante patrimonio y gente esperándolo.

—Tú no tienes nada y no te espera nadie.

—Tengo unos años de ventaja para situarme —me dijo con una sonrisa pícara.

Nos despedimos. En mi mente daba vueltas la manera en la que al principio, con Jimmy, abordé el tema. Me parecía que no comprendía cómo esas cosas eran, y entonces, bajo esa nueva luz, entendía aún menos mi participación en la Causa.

NO SUFRIRÁS DAÑO ALGUNO

A partir de ese momento el tema del Mal se hizo patente en casi todas las conversaciones que manteníamos. Muchas informaciones me llegaban sin que las buscara. Por ejemplo, pude llegar a conocer al sacerdote que estaba autorizado a practicar exorcismos en esa región del país.

Por entonces había aprendido que la solución que había sugerido a Jimmy en su momento era la forma en que el Mal actuaba. Me decía que con el Bien solo puedes hacer el Bien, y que el Mal, en cambio, es por definición asesino y todo lo horrible tiene lugar en su seno, ya que no tiene ningún límite moral.

Ignoraba si Demian había averiguado la existencia del otro unilateralmente, o si había sido un encuentro de fuerzas. En cualquier caso, si mi amigo sabía, su contrario acabaría sabiendo. «Lo lógico sería matarme» me decía. «Así Demian tendrá aún menos apoyo. ¿Y que costaría acabar con mi vida? Muy poco esfuerzo», me contestaba.

Estos pensamientos rondaban mi mente cuando me encontré a Jimmy. Estaba con un soldador de estaño intentado reparar un llavero roto. Me pidió que le ayudase, ya que no podía soldar y cogerlo a la vez. Me estaba hablando mientras yo sujetaba el llavero. En un determinado momento se le resbaló el soldador y su punta humeante tocó mi dedo índice, en la zona de la articulación media, con fuerza. Tenía una negra quemadura que olía a carne quemada. Lo había visto, pero con el susto no he sentido nada. Aguardé y me decía que pronto empezaría a notar el dolor de la quemadura. Continuaba aguardando y, extrañado, miré mi dedo. Estaba ostensiblemente quemado pero no había dolor. Interrogué a Jimmy con la mirada.

—No te preocupes. Nunca sufrirás daño mientras trabajes para la Causa —me dijo.

No dije nada. Aquello respondía a todas mis cuestiones.

Terminamos de soldar y seguimos hablando. Le pedí que me contase algunas cosas sobre el futuro de la Causa.

—Uno de los que pertenecen a la Causa, la abandonará —dijo Jimmy.

«Ese seré yo, no puede ser de otra manera», pensé. Le pregunté por mí, qué era lo que iba a hacer en los próximos años.

—Te dedicaras a cuidar cerdos —me dijo sonriendo.

Uno nunca sabía cuándo Jimmy estaba de broma, pero estaba claro que ésta era una de ellas. Meneé la cabeza como diciendo: «¡Mi pregunta iba en serio!» Mientras lo miraba a los ojos pregunté en mi interior: «¿Qué hago aquí, Jimmy? ¿Qué es lo que quieres de mí?». Entonces una palabra apareció en mi mente. Era muy clara, de eso no cabía duda. Pero estaba consternado, y no sólo porque hubiese surgido de la nada. ¡Se trataba del nombre de la empresa familiar que mis padres tienen en propiedad! Asqueado, repudié ese pensamiento o lo que fuera. ¿Cómo había podido surgir en mi mente? Ni siquiera me acordaba de mi familia en esos momentos. La sola idea de que se contase conmigo por esa cuestión, me producía una gran repulsa. Nunca jamás se me hubiese ocurrido, y lo olvidé como una de tantas asociaciones mentales que se podían tener sin sentido alguno.