A la luz de la confidencia de Demian parece claro que algo extrahumano se vino a añadir a lo que mi amigo era, y ese algo extrahumano tardó un tiempo en hacerse con su cuerpo físico y con esa parte del cuerpo etérico que guarda la memoria. Un cuerpo etérico y un cuerpo físico muy especiales ya que en mi amigo, y eso se contará cuando suceda, se producían cambios a nivel físico que podían ser muy notables.

DEMIAN

Habían pasado algunos meses desde mi lectura del libro de Herman Hesse. Durante todo ese tiempo había tenido muchas vivencias, y había observado con detenimiento a mi amigo. En mi cabeza resonaban las palabras con las que Sinclair describe a Max Demian en la obra de Hesse. Quisiera extraer algunas de estas descripciones.

[…] me fascinaba de manera extraña, y observaba aquel rostro seguro, inteligente y claro inclinado sobre su trabajo con la atención de un investigador dedicado a sus propios problemas.

[…] él hacía lo posible por pasar inadvertido, comportándose como un príncipe disfrazado que se encuentra entre campesinos y se esfuerza en parecer uno de ellos.

[…] dobló por la Altgasse y me dejó solo, sorprendido como jamás en toda mi vida.

Lo fascinante era la manera tan ligera y graciosa con que Demian sabía decir las cosas, como si todo fuera tan natural. Y además, ¡con qué mirada!

¿Por qué tenía aquel poder en la mirada?

[…] de Demian se afirmaban las cosas más insólitas […] los otros condiscípulos se preocupaban mucho de Demian.

[…] con aquel aire de siempre, tranquilo y elegante […] tenía de nuevo una atención profunda y silenciosa, casi familiar y desapasionada […] milenario, fuera de tiempo, marcado por otras edades diferentes a la que nosotros vivimos […] era diferente a nosotros, como un animal, como un espíritu, o como una pintura […] era distinto, inexplicablemente distinto a todos nosotros.

Aquellas palabras definían perfectamente a mi amigo. Yo no tenía ese genio literario, ya que a pesar de conocer a Demian, no habría sabido describirlo mejor. Sin duda, mi amigo era ese Demian. Compartía con el Demian de Hesse, esa manera inaudita de abordar las cuestiones y de expresarlas que te hacía pensar que esas ideas habían sido extraídas de un lugar inaccesible para el común de los mortales.

Muchos de los que han llegado a conocer a Demian han tenido las mismas sensaciones que Hesse describe con tanta maestría. Yo podía verlo en sus caras. Podía ver cómo esas personas se interrogaban en su interior pretendiendo descifrar el enigma que encerraba Demian.

En una ocasión, con motivo de la celebración de cumpleaños de una amiga de su novia, le presentaron al abuelo de la misma. Era éste un alma sensible que dedicó a su nieta un libro de poesías escrito por él mismo editado para el evento.

Aquella noche, Demian me contó cómo él mismo había sido la experiencia espiritual más intensa que aquel señor había tenido en toda su vida. Es que Demian no dejaba indiferente a nadie. Producía extraños efectos en las personas, y esto lo podía ver cualquiera que estuviera atento a estas reacciones. Y yo lo estaba siempre.

En primer lugar, por su atractivo físico, todo el mundo fijaba su mirada en él. Este atractivo era de tal dimensión que, durante su estadía universitaria llegó a tener un club de admiradoras, muchachas que se reunían con el solo objetivo de expresarse unas a otras esa admiración. Algo bastante insólito. A veces era difícil pasear junto a él, era difícil concentrarse en aquello que hablábamos cuando una persona volvía la vista impresionada, como si no acabara de creerse lo que le mostraban sus ojos. Cómo todo el mundo, en definitiva, fijaba su atención en él.