Cuando, muchos años más tarde, conocí la Antroposofía, comprobé lo importante que había sido Kant en la biografía de Rudolf Steiner, y cómo este último tuvo que superar el enredo de la filosofía kantiana para dar paso a su concepción del ser humano y del mundo. En mi alma se abrió entonces un interrogante sobre la figura de Kant que cerré de una determinada manera al leer, tiempo después, una conferencia de Steiner en la que hablaba de Madame Blavatsky. Exponía Steiner que en los escritos de Blavatsky vivía una determinada tendencia que hacía de los mismos una lectura no recomendada para personas poco preparadas, que no supieran distinguir las verdades de los errores sobre los mundos espirituales, que en sus libros aparecen mezclados. Hablaba también Steiner de la vida post mórtem de Blavatsky en la que, como una especie de compensación de su vida en la Tierra —así al menos lo entendí yo—, se había vuelto una colaboradora activa de la Antroposofía. Esta maravillosa y esperanzadora forma de relacionarse unas cosas con otras me hizo pensar de un modo similar con respecto a Kant. De ese modo relacioné su participación en la instrucción de Demian como una especie de necesidad vital por compensar lo errores a los que su filosofía había dado lugar. Éste es, al menos, mi parecer.

Con respecto a lo último afirmado por mi amigo, he podido leer cómo Steiner relaciona la filosofía de Kant con el nominalismo, y éste, a su vez, con el escepticismo griego, como si esa visión del mundo se repitiera o evolucionara en el tiempo con las nuevas fuerzas de la época. Sin embargo, no puedo asegurar que esto fuera lo que Demian pretendía decir.

¿QUIÉN ERES?

Nunca lo hablé con él, puesto que no todo consiste en hablar. A veces con constatar que es así, resulta más que suficiente. Como digo, nunca lo hablé con él, pero diría que se hizo con su memoria a las pocas semanas. Hubo un momento en el que la forma en la que nos comunicábamos cambió. Ya no parecía no recordar nada, y yo tenía la sensación de que él podía acceder a los registros de su memoria, a aquellos sucesos anteriores a la transformación. Fue éste un cambio sensible, ya que, a partir de entonces, no me parecía hablar con un extraño.

Demian ponía siempre mucho empeño en conocerse a sí mismo. Era como si se le abrieran nuevas puertas a cada instante y tuviera que conocer el habitáculo al que daba ese nuevo umbral. Como si, continuamente, le aparecieran nuevas fuerzas y se esforzara por conocer el origen de las mismas. Le observaba con detenimiento, y él lo sabía. También sabía que nadie como yo lo conocía, que percibía muchos de sus cambios. Era muy receptivo a ello y lo guardaba en mi interior. No había en mí premura por saberlo, pero sí llevaba conmigo un interrogante, en ese sentido, que esperaba ser resuelto.

Tiempo después le pregunté quién era él realmente. Fue una pregunta que surgió de forma natural, como continuación de la conversación que manteníamos. Sentado a mi izquierda, me miró tranquila y fijamente. Me preguntaba qué era aquello que iba a decirme.

—Yo soy una especie de engendro. Solo la mitad de mi naturaleza es humana. La otra mitad es extrahumana.

Puso cara de circunstancias y nos reímos un buen rato.

Puedo asegurar que aquella confidencia no me resultó extraña. Así, sin más, y fuera de todo contexto, sin duda lo es. Pero fue como si todo lo que había vivido hasta entonces hallara una respuesta. Y aquella respuesta, por todo lo que había vivido con él, no me parecía en modo alguno descabellada. Puedo asegurar que, a pesar de no conocer nada de cómo aquello podía ser posible, o incluso si era posible, no tuve ninguna duda de que era así. Lo que se experimenta personalmente te da una seguridad muy amplia y uno conoce sin, digamos, conocer.

Pasados los años pude acercarme a estos procesos a través de los conceptos que suministra la Ciencia Espiritual de orientación antroposófica. Su ayuda resulta inestimable si esos conceptos se aplican correctamente al caso. En la actualidad podría con esa ayuda, darle otra denominación a lo sucedido a mi amigo. Sin embargo, lo he llamado «transformación» porque es lo que viví y percibí con mis sentidos, y quisiera seguir llamándolo así.