Aquella tarde, por consejo de Jimmy, Demian había ido a ver una película titulada El Mejor, protagonizada por Robert Redford. En ella se hablaba de un jugador de béisbol con un talento natural extraordinario para ese deporte. La vida lo había conducido por caminos que le impidieron poder demostrar ese talento natural. Al final de su vida deportiva dejó entrever lo que llevaba en su interior y lo que pudo haber sido. La forma en la que en esa película se escenificaba exteriormente ese poder interior, ese talento natural, era mediante la fuerza del mundo de los elementos: las tormentas y, concretamente, la poderosa acción del rayo. Me habló tan bien de la película que decidí verla al día siguiente.

Me entusiasmó. Encontré puntos comunes con lo que vivía Demian. Si tuviera que escenificar su poder interior hubiera tenido que echar mano de esos mismos rayos y truenos. Aquella noche hablábamos animadamente de la película. Al poco rato empezó a llover copiosamente. Oíamos las gotas sobre la ventana.

—Vaya casualidad. ¿Te imaginas si se forma una tormenta?

No bien terminé de decir eso, un tronido ensordecedor se escuchó a continuación. Una esplendida tormenta dio comienzo en aquel momento. Lo miré empalidecido. Él se concentró un momento y me contó que detrás de esa tormenta que te cortaba el aliento se encontraba la figura de Kant, como si la propiciara en honor de Demian. En ese momento pensé que eran demasiadas alabanzas, que aún Demian no había demostrado nada. A pesar de todo, aquellas «alabanzas» no se le subían a la cabeza pues tenía un conocimiento muy preciso de sí mismo.

—No vayas a pensar por lo ves que soy la persona más inteligente de este mundo —me dijo.

—¿No? Creía que así era.

—En absoluto. En este mundo existen personas más inteligentes que yo, porque ¿quién quiere ser extremadamente inteligente? El gen de la inteligencia es el mismo que el de la locura… Mis fuerzas son otras.

Fue un tiempo magnífico, único en todos los sentidos, y quizás ahora, en el tiempo presente, puedan comprenderse aquellas enormes expectativas y alabanzas, aquella «vida buena».

KANT, POR ÚLTIMO

Con respecto a Kant, no recuerdo ninguna otra cosa de importancia. Daba por hecho que era su maestro en el terreno filosófico, y que la filosofía de Kant era de gran importancia. Nosotros no hablábamos de filosofía. Yo no sentía la más mínima curiosidad. Sin embargo, Demian se dedicaba a su estudio con verdadera diligencia. Parecía encontrar claves allí donde sus ojos se posaban. Recuerdo cómo hablaba de la Mitología como símbolo de realidades, y lo recuerdo por la antipatía que yo sentía ante la idea de esos extraños dioses con defectos humanos, según mi visión del tema.

Pasados los años, me vino la pregunta como si de un viejo recuerdo se tratara.

—¿Qué fue de Kant que tan importante fue para ti al principio? ¡No he vuelto a oír hablar de él!

Para mi asombro, me comentó que detrás de Kant no había nada de valor, que no había aportado ninguna idea nueva, ya que su filosofía la había copiado de los griegos.

Ya en ese primer año Demian solía decir que el hombre había perdido la capacidad para acceder al mundo de las ideas, y de las consecuencias tan nefastas que se derivan de ello. En este sentido, relacioné lo comentado sobre Kant.