Tal y como yo veía el asunto, Demian «el rebelde» había tenido un correctivo. En apenas unas horas o minutos en la Tierra, que habían sido años en el mundo espiritual, se le impartió un tipo de enseñanza, llevó una clase de vida, que lo había purificado, transformado y, al volver, se había incorporado a su cuerpo no sin cierta dificultad, no totalmente, e incluso dejando a un lado, sin acceso, a gran parte del contenido de su memoria. Eso era lo que percibía con mis sentidos físicos. Por eso mismo, por lo que yo pensaba entonces, lo he llamado «la transformación».

Me buscó pasados unos días. Estaba desesperado. Jimmy quería obligarle a ver a su novia. Lo había amenazado con cambiarle de cuerpo. Me lo contaba muy alterado. Estaba preocupado.

—Bueno, pues que lo haga. Eso no va a cambiar en nada nuestra amistad —le dije ingenuo.

—¿Qué dices? ¡Ya me he acostumbrado a este cuerpo! ¡No quiero otro cuerpo! —lo dijo con tanta desesperación que me sentí culpable, como si yo no tomara el asunto lo suficientemente en serio. Fue algo muy poco comprensivo por mi parte.

—Ese Jimmy está loco —sentenció.

Le dije que se tranquilizara y que fuera a verla. Todo acabaría solucionándose. Hasta ahora todo parecía muy divertido, aunque a partir de ese momento empecé a preocuparme seriamente.

Le esperé aquella noche. Ya de vuelta su rostro estaba más relajado. Hubo algo en la actitud de ella que lo conmovió interiormente. Decía que era mejor persona de lo que había pensado en un principio.

A partir de ese momento, en los días, semanas y meses siguientes, se desplegó en Demian un amor difícil de describir. ¿Cómo podría yo transmitir esa clase de amor por otro ser humano? ¿Cómo podría narrar que fui testigo del amor verdadero? Me producía una enorme simpatía contemplar a un hombre de sus características, a un gigante, completamente entregado a los más pequeños deseos de su amada. Todo en ese gigante era pura sensibilidad y pura fuerza también. Una mezcla inusual. Que es inusual se sabe al instante. Uno sabe que nunca ha visto nada igual y que nunca lo volverá a ver.

Demian era generoso y compartía conmigo muchos de los momentos tan especiales que vivía junto a su novia. Lo escuchaba con atención, y el mero hecho de sentir la fuerza de su amor alimentaba mi espíritu. Sabía muy bien que lo hacía adrede. Sentí en ese tiempo una gran devoción y respeto por Demian y por la fuerza de su amor.

En ese contexto, Jimmy decía de él que era "el último gran romántico". Según yo lo veía, esa nobleza, esa pureza que trajo consigo del mundo espiritual la volcó en esa relación afectiva, multiplicando ese poder, esa fuerza en él. Cuando Demian vivía en el amor era absolutamente indestructible. No había nada que hiciera mella en él, si exceptuamos ese mismo amor.

En ese tiempo ya se vislumbraba lo que llegaría a ser más que evidente en los años por venir. En su forma de andar o de hablar no había pasos en falso. Uno tenía la sensación de que cuando su pie se posaba —por otra parte, con elegancia— no había nadie con el poder suficiente, salvo su propia voluntad, para moverlo de ahí ni un ápice. Observarlo era ya, toda una experiencia. Por una parte era, como digo, un gigante. Por otra parte, en el amor, era como un niño.

Me dijo una vez que Dios ansiaba ser amado como un niño. Gracias a lo que viví al observar a mi amigo pude hacerme una imagen de lo que podía ser la divinidad, y la divinidad así entendida cautiva el alma humana.

Albergué, entonces, la idea, la sensación de que un ejército entero de enemigos no podría acabar con él, pero que el desamor y la duda del ser amado lo dejarían malherido y sin fuerzas.

EL MEJOR

Vivíamos momentos maravillosos. Todo eran grandiosas expectativas. Ni tan siquiera la imaginación alcanzaba a sospechar qué era lo que iba a suceder al día siguiente. La atención de Demian estaba centrada en conocerse a sí mismo, pues todo apuntaba en esa dirección.