—¡Allí está! —exclamó.

—¿Dónde? —pregunté.

—Allí —me respondió—, en medio de la calle.

No conseguía ver nada. Pensé que no serían las deseadas monedas de oro —mi imaginación se desbordó— sino más bien algo pequeño. Una pulsera quizás.

Se encaminó decidido hacia el centro de la callejuela. Seguía sin distinguir nada todavía. Recogió algo del suelo. Me mostró un rosario de los que se utilizan para rezar, de cuentas de cristal muy gastadas por el uso.

—¡Mira, oro! —me dijo mientras lo levantaba a la altura de su nariz para olerlo mejor.

—¡Te regalo el oro para ti!

—¡Gracias! —no pude decir otra cosa.

EL AMOR, DE NUEVO

Poco a poco se fue haciendo con su cuerpo y sus movimientos dejan de ser tan torpes. Pasados esos primeros días, lo encontré bastante alterado. Era por la mañana y me había estado buscando. Me contó que Jimmy le había comentado que tenía una novia. Se lo confirmé. Esta tarde tenía que ir a verla. No sale de su asombro. No estaba dispuesto a pasar por eso. Me interrogó sobre qué clase de tipo era ese tal Jimmy. Entendí que estaba de acuerdo en heredar ciertas cuestiones, pero en ningún caso algo relacionado con el amor, que debe ser de libre elección.

Este tema me pilló por sorpresa. No lo esperaba. Traté de calmarlo y le sugerí que tuviera un poco de paciencia. Esa chica era, por lo que yo sabía, un cielo de mujer. No perdería nada por conocerla. No creí haberlo convencido, pero se resignó. Me pidió que fuese con él. No acepté. Insistió en que, al menos, le esperase esa noche.

Aguardé en el sitio convenido, convencido de que cuando conociese a su novia todo ese enredo iba a terminar. Ella era una criatura tan dulce que no conocía hombre que no se sintiera conmovido en su presencia.

—Es la mejor —me dijo Jimmy en una ocasión.

Durante la espera pensaba en él y en ese nuevo aire juvenil que parecía poseer. Hay en él una pureza y una ingenuidad que no estaban antes.

Por fin apareció a lo lejos, me miró con cara de circunstancias. No pude reprimir una carcajada.

—¿Qué te ha pasado? —pregunté.

—Que qué me ha pasado? Esa mujer ha estado todo el día pegando saltitos alrededor mío. Cogiéndome del brazo y apretándose contra mí. Mirándome con ojos entornados y moviendo su cabecita así y así.

La imitó de manera tan graciosa que no pude parar de reír. Era una mujer muy linda pero a juzgar por sus comentarios, me parecía un suplicio una compañía semejante.

—Esa chica es tonta y no pienso volver a verla más —concluyó.

Creí adivinar lo que estaba pasando. Ella era una mujer muy sensible y estaba muy enamorada. Demian seguía teniendo algo de lo antiguo, por decirlo de alguna manera. Pero al mismo tiempo, había algo nuevo, esa ingenuidad y pureza que no tenía antes y que le daban un aspecto tan singular, gracioso y conmovedor al mismo tiempo. Su novia se dio cuenta de ese cambio y creo que se sintió cautivada.

Demian rehuía el contacto con su novia. En ese tiempo se iba haciendo poco a poco con su vida. Yo no sabía a qué atribuir aquella vida sin su memoria anterior. ¿Qué pretendía Jimmy con todo esto? ¿Tal vez empezar de nuevo?