Demian me observaba con cierta curiosidad. Supongo que se preguntaba quién era yo. Creo recordar que en ese momento —quizás fuera más adelante— Jimmy se puso en contacto con él. Me comunicó que el tal Jimmy se había presentado y le decía, entre otras cosas que, efectivamente, yo estaba al corriente de todo. Aproveché para preguntarle de dónde venía. Se confió y me contó que había pasado varios años de discipulado bajo la tutela de su maestro Inmanuel Kant en el mundo espiritual. Le comenté que conocía algo de ese señor. Le conté la anécdota de su inmortal chaqueta. Gracias a Dios pude volver a escuchar la risa de mi amigo aquella misma noche. También me contó brevemente que en esos años había conocido a una persona de una extraordinaria humildad, San Benito, de la que había aprendido mucho. En esos momentos tenía la intención de encender una vela para rezarle. Nos veríamos al día siguiente.

Aquella mañana del día siguiente nos volvimos a encontrar. Su trato era más familiar. Tenía su explicación. Jimmy le había suministrado algunas imágenes de lo que habíamos vivido juntos a modo de vídeo. No era la primera vez que oía hablar en ese sentido. En alguna ocasión me comentó que había visto tal o cual suceso porque Jimmy le había facilitado las imágenes. Me tranquilizó saber que todo lo sucedido no iba a afectar nuestra amistad. Por aquel tiempo había en él un rasgo característico muy especial que resultaba curioso y divertido. Ya he hablado de su nobleza de corazón, y a eso hay que añadirle un halo de inocencia e ingenuidad muy singular como si realmente, en cierto sentido, fuera un recién nacido.

¿Qué había pasado? ¿Qué estaba pasando realmente? He de confesar que con haber recuperado a mi amigo ya me sentía satisfecho y sin ganas de preguntar. Por propia experiencia sabía que aquello que tuviera que saber acabaría por saberlo. En el fondo eran demasiadas cosas para mí, y no pensaba precipitarme.

EL ORO VERDADERO

No entendía muy bien porqué Demian parecía no recordar nada. Él hablaba como si todo lo conociese por primera vez, y yo no comprendía qué sentido podía tener eso. Guardaba todo esto en mi interior y, en el fondo, tampoco me preocupaba demasiado. Bien mirado, resultaba divertido ya que se producían situaciones bastantes inusuales.

En aquellos días era muy notorio que Demian no parecía dominar su cuerpo al completo. Siendo más preciso, diría que sus movimientos no eran los de antes. La forma en que hablaba, andaba o miraba a su alrededor era muy particular, distinta. Tenía otra cadencia. Su ingenuidad y la torpeza de sus movimientos le daban un aspecto muy singular, muy gracioso.

Durante esos primeros días estuvimos juntos casi todo el tiempo. Aquella mañana decidí enseñarle la ciudad. Paseamos por ella un buen rato. De pronto mi amigo se detuvo.

—Huelo a oro —me dijo.

—¿Dónde?

—¡Cerca de aquí! —volvió la vista hacia mí—. ¿Quieres oro?

—¡Sí, Búscalo! —le dije, mientras pensaba que había vuelto con unas habilidades muy interesantes. Entonces fue cuando empecé a ver allanado el camino.

Con la cabeza erguida hacia arriba -la gente nos miraba-, y como guiándose por el olor, cruzábamos calles, unas veces hacia un lado, otras hacia otro, durante un buen trecho. Calles por las que antes no habíamos pasado. No me parecía que ese oro estuviera tan cerca, y no entendía cómo podía ir tan seguro, y oler a tanta distancia. Al final torcemos una esquina a la izquierda y aparece una pequeña callejuela solitaria. Mi amigo me dijo: