Ésa fue la verdadera experiencia para mí, la más impresionante, la más importante de todas las vivencias que llegué a tener. Nada importa que una persona pueda calentar o desplazar sólidos con solo pensarlo, ya que en sí mismo eso es groseramente material, y aunque puede indicar un pensamiento fuerte susceptible de ser aplicado en el mundo, nada dice de su corazón, de sus intenciones. Nada dice de lo moral.

El poder ver un corazón auténticamente noble deslumbra al alma que lo ve. Esa luz y esa nobleza eran lo que podía distinguir con mi corazón. Comprendía entonces a Jimmy cuando se refería a mi amigo en términos principescos.

Destacando por encima de todas las cosas, uno sentía una especial, profunda y sincera admiración por el amor que mostraba hacia su novia. Nunca creí posible que se pudiera llegar a amar a un ser humano de esa manera. Uno amaba cómo Demian amaba. Era como ver el corazón de todos los románticos —me refiero al movimiento cultural— encarnados en su persona.

Esta nobleza, ese compendio de virtudes encarnado en Demian, fue lo que verdaderamente me unió a él. Uno es capaz de sacrificar mucho porque alguien así viva en la Tierra y el mundo se beneficie de ello. Y el solo recuerdo de ese nacimiento, por así decirlo, me hizo permanecer fiel a él en los momentos en los que ya no podía gozar de su compañía.

Todo esto fue más notorio a partir de la segunda etapa de los nueve meses que estuvimos juntos, a raíz de su transformación como la he llamado, en el tiempo de su veintiún cumpleaños, que narro en la segunda parte de este capítulo.

LA MISIÓN DE DEMIAN

Al principio casi nada podía saber yo sobre el tema. En nuestro primer encuentro, Jimmy, solo me dijo que mi amigo tenía una importante misión que realizar en el mundo. A medida que pasaba el tiempo me iba haciendo una idea. Veía con qué empeño Demian estudiaba Filosofía y se interesaba por todas las cuestiones relativas al conocimiento. Era testigo de cómo anidaba y se desarrollaba en él una serie de virtudes, cómo se desplegaban en él una serie de fuerzas que nunca había visto en un ser humano.

Demian era un hombre muy atractivo, no solo físicamente, sino también en su sentido literal: atraía. La forma como se movía y decía las cosas atraía la atención de todos. No le era posible pasar desapercibido. Casi desde el principio, Jimmy hacía hincapié en la importancia de la imagen, y que Demian debía revestirse de una imagen resplandeciente. Eso le abriría puertas.

—La imagen es lo único que importa en este mundo— solía decir Jimmy.

Yo sabía de la existencia de sistemas y teorías cuya puesta en práctica habían causado dolor a la humanidad. Desconfiaba abiertamente de los hombres, y no encontraba en mí mismo una guía rectora que me allanase el camino. Entendía las cosas a mi manera, y encontré que en Demian vivían esas fuerzas que podían aportar una claridad tan anhelada como sanadora, y que su forma de exponerla llamaría la atención del mundo.