En el más profundo silencio, en la cara de mi amigo se vislumbraba un gran sufrimiento. Mirando hacia la nada, parecía estar viviendo en otro mundo. Su centro de atención parecía localizarse en mundos muy alejados del que me hallaba. Pasaba el tiempo muy lentamente y yo lo miraba sin saber qué hacer. De repente su boca empezó a babear saliva en un hilillo sin interrupción. Su cuello se doblaba como si no pudiese sostener su cabeza. Un increíble sufrimiento me transmitía y también una profunda dignidad difícil de describir. Extrañamente percibí que mi amigo parecía irradiar una extraordinaria, una inmaculada belleza. Descubrí entonces por pura experiencia la relación que existe entre el sufrimiento y la belleza. Nada se puede objetar ante lo que se vive, ante lo que se experimenta por uno mismo.

Me sentía aturdido por la solemnidad del momento. La dignidad que mi amigo irradiaba me conmovía en lo más profundo. El tiempo parecía no correr. Poco después apareció Jimmy, se levantó de la cama y se sentó en una silla. Estaba muy serio.

—¿Qué es lo que está pasando, Jimmy?— pregunté con preocupación.

—Tu amigo lo está pasando muy mal. En estos momentos está ante las puertas del infierno— me dijo con sumo pesar.

Yo sabía lo duramente que era tratado mi amigo. Era como si no se pudiese permitir cierto tipo de errores. Él lo aceptaba con naturalidad y yo podía ver como daba pasos de gigante en su desarrollo. Sin embargo, lo que estaba sucediendo me parecía excesivo. Un profundo dolor me invadió al imaginarme a mi amigo en tal peligro.

—¡No, no, no!— me abalancé hacia Jimmy, gritándole

Hubiera dado mi vida porque el receptáculo de tan inmensa dignidad siguiera viviendo, y en esos términos me expresé. Apareció entonces mi amigo. Me pilló desprevenido. El cuerpo que con Jimmy permanecía erguido y derecho deja de tener sostén. La cabeza de mi amigo se desplomó con violencia, rebotando, sobre su mesa de estudio. Su cara estaba descompuesta y apenas podía levantar la mirada. Di gracias a Dios de volver a verlo aunque fuera en ese estado.

Me contó con ojos desorbitados que había permanecido ante las puertas del infierno y que el verdadero dolor provenía del hecho de sentirse alejado de Dios.

—Se trataba de un dolor insoportable— me dijo.

Nos despedimos. Estábamos realmente exhaustos. No podía dejar de pensar en su cara de sufrimiento. Nos vimos al día siguiente. Yo todavía estaba afectado. Él, en cambio, se encontraba perfectamente y eso hizo que me sintiera mejor. Parecía, eso sí, un poco diferente. Jamás volvimos a hablar de lo sucedido. Y creo recordar, aunque no estoy seguro, que Jimmy llegó a decirme que ese suceso se lo había borrado de la memoria.

EL CABALLERO

Aún puedo recordar con gran nitidez cómo todo lo relacionado con mi amigo estaba dotado de una luz especial. Un objeto que parecería carecer de importancia, la adquiría como por arte de magia en su presencia, por su forma de cogerlo, de mostrarlo, a su solo contacto.

Desde el principio ciertos símbolos se asocian a él. Símbolos que apuntaban a lo que calificaría como rango espiritual. Esa condición que permanece oculta a los ojos físicos, así como un mendigo por su posición material en el mundo, puede ser un príncipe por la nobleza de su espíritu. «Sólo se ve bien con los ojos del corazón», —solía decir Jimmy emulando una frase de El Principito.

Recuerdo el primero de esos símbolos. Aquel día entré en su dormitorio, él estaba estudiando. Mi mirada se posó sobre la repisa de los libros en los que se apoyaba una pequeña reproducción. En ella aparecía majestuoso un caballero medieval vestido con ropajes rojos. Jimmy se la había traído.