Aquel día, exactamente un piso más abajo de donde nos encontrábamos, tenía su habitación un pariente mío. Yo había estado manteniendo una larga conversación con Jimmy. Justo cuando terminamos apareció mi amigo, y estaba furioso. Mientras había permanecido fuera de su cuerpo, a su regreso, por decirlo así, había tenido ocasión de observar a ese pariente mío. Al parecer estaba pensando de manera obscena, y el centro de sus pensamientos tenía como objeto la novia de mi amigo.

—He estado a punto de freírle el cerebro— dijo indignado.

Con ello se puede apreciar qué tipo de fuerzas manejaba o, si se prefiere, aseguraba poder manejar.

Otro día entré en su cuarto. Quería decirle algo. Llevaba una jaula vacía, de esas que atrapan pequeños roedores. Estaba aparentemente limpia, un compañero me la había dejado. Se apresuró a impedirme pasar, y me pidió por favor que me deshiciera de ella inmediatamente.

—No se te ocurra llevarla contigo. Dile a su dueño que la tire o la desinfecte. Es un nido de bacterias patógenas— me dijo después de mirarla con detenimiento y a cierta distancia.

Una noche me contaba lo enamorado que estaba de su novia. Me preguntó si alguna vez me había enamorado.

—Sí, una vez— le respondí.

—¿Cómo era ella?— preguntó curioso.

—No sabría describirla. ¿Puedes ver mi mente?— le dije.

Asintió con la cabeza. Cerré los ojos. Con facilidad evoqué ese antiguo amor.

—Haz una poesía de lo que has visto— le dije queriendo ponerle a prueba.

—¡No se me da bien la poesía!— se reía.

—Es fácil— le inicié —, solo es música.

Entonces compuso una bella poesía que describía el pelo y los ojos de color azabache de la imagen evocada, así como del sentimiento que su recuerdo en mí producía.

ANTE LAS PUERTAS DEL INFIERNO

Era habitual que mi amigo y yo tuviésemos un encuentro por la tarde, casi entrada la noche. Disfrutábamos enormemente de esos momentos, especialmente yo, ya que mi amigo vivía en continuo contacto con Jimmy y aquellas cuestiones que me podía contar despertaban en mí un gran interés. Con frecuencia Jimmy hacía acto de presencia para dirigirse a mí personalmente.

Aquella tarde acordé esperarlo en su cuarto de estudiante. Pero quien impetuoso abrió la puerta de la habitación fue Jimmy —siempre dentro del cuerpo de mi amigo—. Estaba muy enfadado. Mi amigo había cometido un acto indigno de él y lo había estropeado todo. Había sido tentado y había caído en esa tentación. Me contó de qué se trataba. No podía creerlo. Estaba consternado. Las cosas de mi amigo siempre eran de lo más fuerte, de lo más increíble e inesperado. Jimmy me dijo que iba a ser duramente castigado, ya que a él no se le permitía según qué errores. Creo que le dije que eso no podía ser así, que me dejase hablar con él. Eran momentos de dolor y perplejidad.

Apareció mi amigo. Estaba mareado. Apenas se recuperó un poco me preguntó qué era lo que estaba pasando. Le recriminé, con muy poco tacto, cómo es que había llegado a cometer ese acto tan reprobable. Él, todavía un poco mareado, se echó las manos a la cabeza y dijo que no había hecho tal cosa, que no podía ser cierto tal y como se lo estaba contando. Me di cuenta de lo inoportuno de mi comentario. Me callé.