Solo añadiré que, en lo sucesivo, nunca jamás cogí algo que no fuera de mi propiedad, aunque estuviera perdido. Acabé con una conciencia diáfana de lo que era mío y lo que no, de lo que podía disponer y de lo que no, y lo trascendí a todos los ámbitos de mi actuación. Algo que, en el fondo, mucha gente no tiene tan claro en la vida ordinaria. He llegado a conocer muchas personas ampliamente formadas tanto cultural como profesionalmente que no tienen muy claro los límites de su actuar. Ese rasgo distintivo es muy común y característico en algunas personas, y sale a relucir indefectiblemente en épocas críticas. Siempre pienso que a esas personas les habría convenido una instrucción a la medida tal y como la recibí. A buen seguro que, con el paso del tiempo, se sentirían muy agradecidos, al igual que yo lo estoy ahora.

Con Jimmy se aprendía de esa manera, esa fue al menos mi experiencia. Era un duro educador pero resultaba difícil recriminarle algo. Era decididamente muy gracioso. No fue ésa la única lección que aprendí, y espero haber dado una imagen fiel de lo que considero mi propio aprendizaje en ese tiempo.

En el fondo no se trata de hablar de mí. No es eso lo importante. Aún así, quisiera añadir que durante ese año creció en mí un cierto fanatismo, una cierta incomprensión hacia los demás, un destello de soberbia susceptible de crecer si no se llega a cortar de raíz. Antes de finalizar ese curso —se comprenderá al final de este capítulo— esa soberbia e incomprensión se transformó en humildad de corazón a través de un proceso de crisis muy importante para mí.

JIMMY Y DIOS

Desde el principio Jimmy dejó claro que ésta era una misión del mundo espiritual. Él venía del otro lado del umbral, detrás del portal que se atraviesa con la muerte física, con esa finalidad. También dejó claro que era un intermediario, el penúltimo eslabón de la cadena, y que nosotros éramos el último. A él le guiaban, igual que él nos guiaba a nosotros.

Alguna vez me habló de lo que vivía en ese mundo espiritual. Decía beber de las aguas vivas del Espíritu o que Dios se reía mucho con él. Nada difícil de imaginar por otra parte.

Jimmy no se solía repetir. Decía las cosas una vez. Si le preguntabas sobre lo ya dicho, obtendrías la misma respuesta. Pero, una vez que decía una cosa pasaba a otra. Así, desde el principio nos conminó a llevar una vida cristiana en todos los sentidos, a participar de los sacramentos, de las lecturas sagradas, a llevar a Cristo en nuestras almas, a que conviviéramos con un mundo espiritual.

Jimmy te hablaba con claridad. Luego tú tenías total libertad para actuar como quisieras. Eso sí, siempre aparecía si surgían problemas. Sé que con mi amigo era muy estricto, sobre todo al principio. Tuvo que cambiar su conducta en muchos aspectos. Pero yo diría que con esta cuestión, más que con cualquier otra, lo dejaba a nuestro propio arbitrio. Al menos, así fue en mi caso.

Para ser sincero, no me sentía cómodo con el mundo religioso. Nunca dudé de la existencia de un mundo divino pero no confiaba en los hombres sin más, y ciertas actitudes me parecían susceptibles de ser insanas en un terreno —me decía— muy resbaladizo. Solo el sacramento de la eucaristía, por pura experiencia personal, me resultaba afín.

Si le preguntabas a Jimmy te decía: «¡Come de ese pan sagrado! Mucho ha sido preciso para que puedas vivir el cuerpo y la sangre de Cristo». Pero no volvía a repetirlo.

Desde muy joven este mundo me parecía el escenario de una guerra oculta entre las fuerzas del Bien y las del Mal. Me sorprendía el Mal por su violencia interior y cuan cercano está del hombre. Sentía que había una gran hipocresía humana general en no tratar este tema de manera abierta, y que se eludía enfrentar el meollo del asunto. Veía mucha desorientación y confusión en el mundo y en mí mismo.