Jimmy nunca forzaba las conversaciones, nunca entraba en tu intimidad si tú no querías, aunque era evidente que lo sabía todo. En una ocasión en la que mantenía una conversación con él tomé conciencia de mis defectos como si de un cuadro general se tratara, y de que no sabía cómo enfrentarlos. Le pedí que me ayudara a superarlos como fuera. Lo pedí con empeño y Jimmy dijo que así lo haría. Pedirle algo así puede convertirse en experiencias muy intensas que, a buen seguro, marcan una vida. Uno olvida pronto lo que dice y se propone, no era este el caso de Jimmy.

A Jimmy le gustaba mucho hablar de la imagen. Decía que lo que importaba en el mundo era la imagen, la apariencia. Parecía dominar ese tema. Su vida en la Tierra había tenido que ver con ello, y a mí me daba la sensación de que éste era un aspecto clave en la propia vida de mi amigo. Aquel día Jimmy se dirigió a mí.

—Tu amigo no tiene ni un solo jersey en condiciones. Debe renovar su vestuario. Debe cuidar su imagen, y tú tienes que ayudarle —me dijo sonriendo de una forma que no era posible resistirse—. Cómo lo hagas es cosa tuya, ¡pero hazlo! Ése es tu trabajo.

Le dije que lo dejara en mis manos. Me sentía muy seguro de mí mismo y para mí suponía un reto. Me despedí de Jimmy sin que mi amigo supiera nada.

A este tipo de situaciones yo las llamaba «el oráculo de Delfos», en las que «el oráculo» te dice algo y uno lo interpreta según sus propias inclinaciones. Estas situaciones son fuente de conocimiento de uno mismo y, por ende, de dolor.

Estaba verdaderamente henchido y orgulloso, convencido de que debía robar esas prendas ya que no conocía otro medio de obtenerlas. Nada iba a pararme. Tenía además la bendición de Jimmy, no explícitamente, aunque tampoco me había dicho nada en contra, y debía saber lo que me proponía. Él me ayudaría, sin duda. Eran extraños esos pensamientos pero eran los míos.

Paseaba por un bulevar flanqueado por comercios. Entré decidido en una de esas tiendas y vi un jersey muy bonito. Llevaba una extraña bola que lo sujetaba. "Solución: me llevo también la bola, debe tener su utilidad", pensé. Cogí varios como ese y los escondí en mi cuerpo. A la salida me descubrieron gracias al chivato electrónico de la bola. Entonces los dependientes, estupefactos, empezaron a sacar los jerséis que llevaba escondidos. No se esperaban tantos. Me insultaron sin medida. Me fui. No entendía cómo me había ocurrido algo así, tan seguro que estaba de mí mismo.

Un poco aturdido, entré en otra tienda. Observé que algunos jerséis no llevaban bola. Había aprendido la lección. Cogí varios. Salí de la tienda y un pequeño chivato electrónico escondido en uno de ellos hace saltar la alarma del establecimiento. Se vuelve a repetir la escena anterior. ¿Qué estaba pasando? No conseguía entenderlo.

He pasado de estar henchido de orgullo a un estado de fuerte confusión. «¿Dónde está Jimmy? ¿Es qué no piensa ayudarme?», me decía. «No puedo regresar con las manos vacías». Localicé una tienda un poco apartada de todo. La dependienta se encontraba en un avanzado estado de gestación. Lo vi claro. Todos los jerséis de calidad eran susceptibles de llevar un chivato electrónico. Había aprendido de todas las demás situaciones. No se veía a nadie que pudiera ayudar a la dependienta. Cogí un hermoso jersey y salí corriendo. Era un gran corredor. Corrí como una gacela pero alguien grita detrás de mí. Era la dependienta. No podía creérmelo. Corría tanto como yo. Miré hacia atrás y pude ver su enorme barriga moverse arriba y abajo con visible violencia. Mi cabeza empezó a dar vueltas. Mi alma pesaba dentro de mi pecho como si de plomo se tratara, me ahogaba por momentos. Me escondí en una vieja fábrica. La imagen de esa mujer corriendo me pesaba en la conciencia: «El bebé de esta mujer, Dios mío», me decía. Ella va directamente hacia mi escondite, casi como si se lo hubieran dicho. Arrancó con fuerza el jersey de mis manos pero me recriminó con afecto, con comprensión. Mi corazón se partió, casi pude escucharlo, y el mundo se me cayó encima.

Esto fue duro pero no lo bastante para mí. Aún recuerdo dos ocasiones más en las que mi comportamiento moral dejó mucho que desear. En cada una de ellas el desenlace era igualmente doloroso, la siguiente ocasión más dolorosa que la anterior.